¡Vaya verano pasado el que nos ha tocado vivir! A la persistencia de la sequía por la ausencia de precipitaciones, se ha unido un interminable rosario de días con temperaturas extremas y unas condiciones adversas que han favorecido la rápida propagación de numerosos incendios forestales. Habitualmente, al igual que ocurrió con la DANA y con otras catástrofes naturales, una vez concluyen estos episodios suele existir una presión mediática y social para exigir medidas de apoyo y compensación por los daños producidos, así como actuaciones que eviten que puedan volver a repetirse los escenarios y las causas que originaron esas situaciones. También es habitual analizar los factores que han favorecido la proliferación e intensidad de esos episodios. Y en el caso de los incendios forestales, resulta evidente que los usos y aprovechamientos en nuestros montes han cambiado a lo largo de las últimas décadas, y que hoy el monte lo disfrutamos y vivimos como objeto de ocio, más que de subsistencia. Eso ha hecho que cambie de manera importante la fisonomía del mismo y que la vegetación autóctona haya proliferado en superficies extensas y continuas que favorecen la propagación de los incendios.
Hablar del fuego y de incendios forestales no es sencillo, ni puede resumirse en pocas palabras porque las causas son múltiples, pero hay algo que debemos tener siempre en cuenta y es que el fuego nos ha ido acompañando a lo largo de la historia y que vamos a tener que continuar conviviendo con él. De hecho, el fuego se viene utilizando en las labores agrícolas como una herramienta más de prevención para eliminar combustible y, utilizado de una forma correcta y con garantías, no tiene por qué ser origen de un incendio. No obstante, parece lógico pensar que un monte bien atendido y «gestionado» que posea infraestructuras como cortafuegos, fajas auxiliares, cultivos intercalados, perímetros de protección, accesos acondicionados y otras medidas de prevención, serán algunos de los factores que ayudarán a que un incendio tenga menos probabilidades de avanzar, propagarse y extenderse de forma incontrolada. Pero hay un aspecto que en territorios como el nuestro condiciona mucho la creación y mantenimiento de esas medidas preventivas, y tiene que ver con la propiedad del monte. Algo más de la mitad de la superficie de los montes de nuestras comarcas, a menudo dispersos, fragmentados y sin la posibilidad de ofrecer unos aprovechamientos económicamente rentables, se encuentran en manos de propietarios particulares a los que precisamente esa falta de rentabilidad les condiciona de forma muy importante su atención y mejora, siendo en la mayor parte de los casos inexistente.
En este pasado verano tan adverso, hemos visto cómo esta lacra de los grandes incendios forestales que estamos tan habituados a sufrir recurrentemente en los países del arco mediterráneo, se ha propagado también a otros países de la Unión Europea, menos habituados a soportarlos. Incluso ejemplos de montes bien gestionados como las Landas francesas han sufrido la vorágine del fuego. Algunas voces comienzan a escucharse proponiendo una «UME» europea, obviando que la emergencia tiene que atenderse potenciando los medios y operativos más cercanos como sinónimo de rapidez para atenderla. Quizás la afección del fuego que han vivido en otros países debería servir de excusa para crear un programa europeo de apoyo a la atención de nuestros montes. Un programa, de forma similar a la P.A.C., que estuviera bien dotado económicamente con fondos europeos y que permitiera que propietarios particulares de montes pudieran acceder al mismo para llevar a cabo actuaciones de interés general de prevención y mejora en sus montes. Un programa que habría que consensuar y dotar y al que bien se le podría denominar P.F.C. (Programa Forestal Comunitario). Aprovechemos la circunstancia, porque el fuego y los incendios volverán a visitarnos de nuevo más pronto que tarde.
Fernando Zorrilla. Divulgador medioambiental

