En estos tiempos desquiciados por la ansiedad ante la inseguridad del futuro, no solo las tropelías y bravatas de Trump, Putin o Netanyahu conllevan una suma de acciones y hechos que están poniendo en peligro la economía global, el respeto a las leyes internacionales, la estabilidad y la paz de una forma agresiva. También las victorias y maniobras de la extrema derecha, más los elementos posthumanistas que conlleva el surgimiento del tecnofascismo —que oscila entre el control digital creciente de la población y una política basada en el miedo social— están creando un caldo de cultivo en el que se apunta que la «solución» pasa por el autoritarismo y los movimientos políticos pendulares que en algunos países provocan el desvío del voto hacia la ultraderecha, como acabamos de ver en las elecciones autonómicas del Reino Unido y en muchos países europeos —en España, con Vox— pese al respiro que supuso la caída de Orban en Hungría.

¿Qué está sucediendo en las poblaciones de los países de occidente? ¿A qué se debe el olvido de la historia reciente, incluso en Alemania e Italia, con el auge del neofascismo? El politólogo Andrea Ricci (La era de la revancha, Ed. Ariel) apunta a ciertos síntomas sociales producidos por la globalización: malestar, descontento, insatisfacción, alza del coste de la vida, el incremento de los flujos migratorios y las condenas implícitas del mundo ultra, las desigualdades crecientes, la obscena riqueza de las élites y, sobre todo, algo nuevo: la incertidumbre y el miedo al futuro. El entorno de crisis ecológica y bélica que provoca el declive demográfico también agrava esa percepción global: crece el desencanto democrático y la volatilidad del voto, que se traduce en la deriva autoritaria ante un futuro amenazador.

Después de la caída del muro de Berlín en 1989, la narrativa sociopolítica mostró su tendencia positiva hacia la globalización, la liberalización y el triunfo de las democracias. Ahora, 40 años después, se está produciendo una reacción en contra de esos valores y, coincidiendo con la segunda presidencia de Trump y la caída del prestigio de los EE.UU., una fragmentación del llamado «mundo libre».

En realidad, Irán, Gaza y Ucrania son tres combates de una misma y única batalla: la del tecnofascismo contra la democracia; la del autoritarismo y el desenfreno neofascista contra la libertad; la «cruzada» posthumanista de Trump, Putin y Netanyahu, que tratan de imponer un estilo de vida y relación social y económica en los que la igualdad, el respeto al derecho y la libertad están amordazados. El enemigo populista y posthumanista se ha infiltrado en las instituciones democráticas y la política europea, americana, africana y asiática, abriendo paso a un concepto tecnofascista de la existencia, como sugiere Donatella Di Cesare en su libro Tecnofascismo (Ed. Paidós).

No se trata tan solo de la efervescencia bélica: hay algo más grave que no saber por qué no se evitaron esas guerras; es no saber cómo acabarlas. Lo vemos en Ucrania, en EE.UU. y en Israel. Se trata del elemento «tecno» de la situación global: el hecho de que las «razones tecnológicas», incluida la IA, han ocupado el lugar y la acción de las razones éticas y morales. Como ejemplo, el caso de Palantir, la empresa cibernética de Peter Thiel, puntera en la guerra cibernética, estilo «Terminator». La pérdida de los valores ilustrados —igualdad y respeto a los derechos humanos— es el precio que tiene ganar las guerras. El dueño de Palantir, de la camarilla de Trump, opina que la única humanidad que cuenta es la de los multimillonarios: los demás seres humanos son desechables (Apocalipsis y democracia, Jordi Ibáñez, Ed. Tusquets).

Pero la amenaza ciberfascista no está solo en el ambiente bélico-militar, sino en el propio seno del mundo de las nuevas tecnologías, nos avisa Gómez de Ágreda en su libro Un mundo falaz (Ed. Ariel). Anthropic es la punta de lanza de las empresas que explotan la IA generativa. Su nuevo modelo «Mythos» ha detectado millares de puntos vulnerables en el software y en los sistemas informáticos y protocolos de todas las grandes empresas mundiales de ciberseguridad, armamento, sanidad, bancarias y bursátiles. Ha sido una señal de alarma mundial ante la necesidad de controlar la cibertecnología.

El pasado 28 de febrero, en pleno bombardeo de Estados Unidos e Israel contra Irán, el régimen de los ayatolás anunciaba el bloqueo del estrecho de Ormuz. Más de 800 buques —cargueros, graneleros y portacontenedores— quedaban detenidos, con 20.000 marineros a bordo. A mediados de abril, es Trump quien se une al bloqueo para asfixiar la economía iraní. Pero no solo afecta a Irán: Ormuz es la ruta por donde transita la quinta parte del petróleo y gas licuado que usa el mundo, más los fertilizantes y otros productos de necesidad básica. La OMS ha advertido sobre el desastre alimentario que supondría llegar a junio sin esos últimos productos.

La débil y vacilante tregua de mayo no ha calmado la desconfianza ni la caída de los mercados, aunque ha frenado la subida del precio del petróleo y el queroseno de aviación. Sin olvidar que el bloqueo afecta a casi todos los países africanos altamente dependientes energéticamente y con poblaciones vulnerables. Muchos observadores opinan que la situación comienza a ser tan alarmante como la del Covid en 2020: precios altos en alimentos y servicios, tipos de interés al alza y recesión del crecimiento económico. Y el «riesgo de cola», como se llama en política a un suceso tan extremo como poco probable, con la presencia de Trump en la Casa Blanca se convierte en una posibilidad candente: que a este le apetezca atacar la isla iraní de Jarg y otras infraestructuras energéticas clave puede llevar al caos. Con la respuesta iraní más lógica: la destrucción de pozos en todos los países vecinos.

Eso acabaría de hundir el sistema económico global. Más grave aún que el embargo petrolero de la OPEP hace 50 años. Los altos precios acabarán repercutiendo, vía transporte, en la cadena de suministros y en el sector alimentario. Si llega el verano sin carburantes y sin fertilizantes —entre ellos, la urea, fosfatos y sulfuro— la crisis alimentaria está garantizada: hambrunas en Asia y África y tal vez en Sudamérica y algún país europeo. El único punto optimista de este escenario de horrores es el crecimiento de las energías renovables en muchos países. Además, la FAO avisa que podrían unirse los efectos del bloqueo de Ormuz y el fenómeno natural de El Niño, que lleva sequías e inundaciones en países exportadores de alimentos.

Mientras escribo este artículo, Trump se prepara para entrevistarse en Pekín con Xi Jinping. Un líder totalitario astuto enfrentado a un presidente debilitado en su propio país, con los europeos distanciados y recelosos, con la mochila llena de fracasos y un prestigio internacional por los suelos, tras haber desestabilizado la economía global y alimentado una peligrosa escalada bélica innecesaria, en connivencia con Netanyahu. Incluso cabe esperar, contando con la impericia voluble y errática de Trump, que permita el avance de Pekín hacia una anexión de Taiwán, en teoría pacífica.

En cuanto a Irán, las espadas siguen en alto. Se vive un empate de derrotados. Trump no ha logrado ninguno de sus objetivos: no ha derrocado a los ayatolás, no ha logrado confiscar el uranio enriquecido, ha perdido la confianza de los jeques del petróleo en los países árabes e indirectamente ha provocado su división, se ha buscado la inquina de Europa e incluso del Papa, ha provocado subidas de petróleo en todo el mundo... Estados Unidos es ya un tigre de papel. Pero, no lo olvidemos, está a la cabeza de la tecnología en la era de los algoritmos y la manipulación digital, junto con China y la India. A ese tenor escribe Tony Judt (Algo va mal, Taurus): «Ha llegado el momento de detenernos para decidir en qué mundo queremos vivir». Y lo decía en 2010.

Alberto Díaz Rueda