La pandemia y la opción del teletrabajo han propiciado un cambio en la percepción de los pueblos, considerándolos no solo como destinos vacacionales, sino como lugares de residencia. Sin embargo, la carencia de servicios, las malas comunicaciones y la escasa oferta laboral suponen grandes obstáculos, pero el más significativo en estas localidades es la limitada disponibilidad de viviendas.
La cuestión no es la carencia absoluta de viviendas, pues estas existen, sino que muchas de ellas no son habitables, ya sea por su antigüedad, por la falta de requisitos mínimos de habitabilidad o por superficies excesivamente grandes que conllevan costes de mantenimiento inasumibles. Además, la poca oferta de viviendas en alquiler añade otra capa más de complejidad para aquellos que consideren trasladarse aquí.
La vivienda desempeña un papel fundamental en la estrategia contra la despoblación, pero el problema de la disponibilidad de viviendas está presente en la mayoría de nuestros municipios. Esto dificulta la atracción de población, ya que muchas personas no logran establecerse debido a la escasez de opciones de vivienda. Según datos del propio ministerio, en los municipios y núcleos con menos de 5.000 habitantes, el 44% de las viviendas son secundarias o están vacías. Además, el 30% de las viviendas datan de antes de 1960, y un 10% se encuentra en estado ruinoso o deficiente. La problemática de la vivienda debería ocupar un lugar central en las políticas públicas destinadas a combatir la despoblación.
Existen diversos planes con medidas específicas para mejorar el acceso a la vivienda en entornos rurales, como ayudas a promotores y a municipios para la rehabilitación de viviendas, o subvenciones para compradores, incentivando la descentralización. El objetivo sería impulsar la vivienda pública de alquiler en zonas rurales, promoviendo que los ayuntamientos restauren propiedades abandonadas en los pueblos, destacando la necesidad de facilitar el acceso a la vivienda para los jóvenes. Se podría plantear incluso un plan de vivienda pública con la idea de brindar hogares decentes y seguros en alquiler para familias de bajos ingresos, jóvenes, ancianos y personas incapacitadas que reúnan los requisitos necesarios.
A pesar de la urgencia del problema de la vivienda en los pequeños municipios, los limitados recursos financieros de los pequeños ayuntamientos y la falta de énfasis en la vivienda rural pública en los planes estatales y autonómicos dificultan esta solución. La asignación insuficiente de recursos deja a muchos ayuntamientos con escasos medios para abordar la escasez de viviendas habitables. Es crucial que las políticas de vivienda reconozcan las necesidades específicas de los entornos rurales y asignen recursos adecuados para la creación y restauración de viviendas, promoviendo así la fijación de población y combatir el despoblamiento.
Es necesario entablar negociaciones y diálogos con los propietarios de viviendas abandonadas o en desuso. Esta tarea se presenta como un desafío significativo, ya que la conexión emocional de muchos propietarios con estas propiedades, heredadas de sus padres o abuelos, complica la dinámica del mercado. Por lo tanto, resulta crucial convencer a los propietarios para que no sobrevaloren las viviendas al fijar los precios en base al componente sentimental y, al mismo tiempo, concienciarlos sobre la situación del territorio y la creciente demanda de jóvenes y familias que buscan establecerse en el entorno rural. Además, se debe resaltar la oportunidad de generar ingresos mediante el alquiler de estas viviendas.
Al proporcionar vivienda, no solo contribuimos a retener a la población joven, sino que también atraemos nuevos residentes a nuestro territorio. Sin embargo, este esfuerzo requiere a su vez la mejorar los servicios básicos, como la educación, la atención médica, las oportunidades de empleo y el acceso a servicios esenciales.
Daniel Sancho. Graduado en Ciencia Política y Administración Pública
El problema de la vivienda rural
La pandemia y la opción del teletrabajo han propiciado un cambio en la percepción de los pueblos, considerándolos no solo como destinos vacacionales, sino como lugares de residencia


¿cuantos años habrá vivido en un pueblo?, me parece que en el artículo falta algo
Ni antes, ni después de la pandemia; a los pueblos pequeños no va a ir a vivir nadie. Son sus propios vecinos, con arraigo tradicional, sentimental y familiar los que los han abandonado, y continúan haciéndolo, en pos de mejores condiciones de vida para ellos y para sus descendientes. Y eso es irreversible, nadie va a volver, porque los servicios nunca podrán competir con los de los núcleos de población mayores.
La migración hacia la costa y las ciudades es un proceso imparable, y cuanto antes lo asumamos, mejor analizaremos las necesidades de los que quedan y menos recursos se despilfarrarán. Detectar los pueblos que sobrevivirán, centralizar allí los servicios, y dotar de un transporte eficaz hasta allí desde el resto de los lugares, es lo único efectivo.
Como conozco la condición humana, o pudiendo ser solamente un mal pensado, a veces me asalta la idea de que en muchas de las reivindicaciones de las pequeñas localidades se trata más del interés de los que tienen viviendas vacacionales que del de los que sufren la despoblación y el abandono todo el año.
Y también la idea, en múltiples ocasiones constatada, de que todos los recursos económicos que se movilicen para las viviendas que usted dice, y para los continuos “estudios” de los diversos escenarios que de la “España vaciada” se hacen, los cobrarán gentes que no viven allí.
La despoblación es un negocio para muchos…que viven en los núcleos bien poblados.
¡Salud!
Es cierto que el fenómeno de la despoblación parece ser irreversible, pero nuestros esfuerzos no deben ir enfocados en acabar con este suceso, sino en adaptarnos a estas nuevas circunstancias.
El hecho de que haya que emigrar a las grandes ciudades en busca de mejores oportunidades laborales es algo que se lleva dando desde la primera industrialización. Sin embargo, son muchos los que preferimos la calidad de vida de los pueblos; un trato cercano con la comunidad, la paz, tranquilidad y seguridad en comparación con las grandes ciudades. Además, no por ser una gran ciudad significa mejores servicios. Las colas en hospitales y administraciones, así como la masificación de todos los sectores no son comparables a la facilidad de tener varios funcionarios –médicos o profesores- que pueden tener un trato más cercano con los ciudadanos, o que incluso puedan desplazarse a varios pueblos de una determinada zona cuando así se requiera, o la velocidad de hacer trámites en las localidades con poca densidad de población.
Podríamos centrarnos en aquellos pueblos que no sufren un riesgo de despoblación irreversible, pero tampoco debemos privar a nadie de su derecho de vivir y realizar su vida independientemente de su lugar de residencia. Al contrario, habría que poner facilidades para que aquellos que tienen iniciativa de seguir en el mundo rural puedan hacerlo. Podrían centralizarse los servicios en las cabeceras de comarca, pero con ello solo se conseguiría una concentración de la población en las mismas, al igual que sucede con las grandes ciudades. Deberían ofrecerse unos servicios adaptados, unidades móviles y, como usted indica, realizar una inversión en un transporte eficaz que comunicase los pequeños municipios.
También afirma usted que aquellos recursos y estudios sobre la “España vaciada” provienen de grandes núcleos de población. Por supuesto, así es, pero porque es allí donde están los organismos de investigación, al igual que las universidades. Por otro lado, los recursos económicos, a parte de los propios ayuntamientos locales, y quizá alguna ayuda autonómica o estatal que ofrezcan subvención o ayudas, son los Grupos de Acción Local de las propias comarcas los que, en su mayoría, apoyan y ayudan a la iniciativa local para el desarrollo de negocios y proyectos que puedan favorecer el progreso del mundo rural.
Desde luego, será muy difícil lidiar con este fenómeno de despoblación si no existen viviendas en las que se puedan instalar nuevos residentes o mantener a la población joven, además de poder garantizar el acceso a servicios básicos.
Me parece genial lo que usted dice, porque así debería ser por derecho, por solidaridad y por justicia. ¡Ójala fuese posible!
Pero los recursos son limitados y, política, económica y socialmente es una batalla perdida que es imprescindible aceptar para optimizar en lo posible lo que va quedando y evitar unas tristes agonías irreversibles, crueles por conllevar falsa esperanza.
En mi opinión la España vaciada rural se está convirtiendo en un drama para sus vecinos y en un negocio para los que no la habitan: estudios, planes, conferencias, presentaciones…un año sí y otro también, pero nada solucionan al presente y futuro de quienes siguen habitando en los pequeños pueblos, sino a los que viven de eso, y que habitan en la ciudad.
¿Cómo deberían ser las cosas? Como usted dice deberían ser, pero, ¿es posible en las circunstancias actuales y con los políticos actuales? ¿Cree usted que todas esas propuestas que hacen son algo más que disparos de salva para fingir interés y acallar protestas?
No obstante, ojalá esté usted en lo cierto y yo esté equivocado.
¡Salud!
Me parece muy buen artículo que refleja la realidad que yo misma he visto en el entorno rural. Toca puntos clave que vemos cada día. Voy a compartir, gracias Daniel.