Figura. Grafito, aguada y buril sobre alabastro. R.V.

«Hasta cuando abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?» comenzaba Cicerón en su primera Catilinaria ante el Senado romano.

El vendedor de tempestades no dudó en agitar cualquier avispero para promover la insurrección, en desacreditar el sistema y acusarlo de falso ante una posible derrota, en anteponer sus intereses privados al de Roma, en mancillar los símbolos del Estado. Conspiró, traicionó, mintió, falseó y enjuguó a fin de ganar e imponer su voluntad por la fuerza, y no lo logró. No llegó a gobernar el imperio a pesar de la traición y muchas intrigas, y no llegó a asaltar el Capitolio ni a doblar la verdad una vez descubierto. No redujo las libertades de los patricios ni se autoproclamó adalid de la paz, pidiendo el honor del galardón más alto de esta (¿cómo pedir para sí lo que se otorga como reconocimiento a un mérito?).

Pues 2089 años más tarde, tal blasón fue aceptado a modo de soborno por alguien que sí lo recibió, y entregó como petición limosnera, denigrándolo, dejando vergonzosamente claro no ser merecedora de tal reconocimiento. El supuestamente sobornado después diría que, dado que no se lo habían concedido, no estaba obligado a promulgar la paz.

Todos estos despropósitos, dignos de patio de colegio de primaria, ocurren en el escenario político mundial actualmente. «O tempora, o mores» (oh tiempos, oh costumbres, se lamentaba Cicerón por la corrupción y la decadencia moral).

Quien pretendía el Nobel no solo no pone paz ni siquiera por la fuerza, sino que hace estallar una guerra con una capacidad de propagación impredecible. Nerón con una cerilla en la mano.

Nuestros aliados se desalinean y acuden al son del felón, negando que el fin no justifique los medios. ¡Socorro! ¡Necesitamos agentes de Filosofía para sacarnos de este desaguisado!... y con estos bueyes tenemos que arar.

Mi tatarabuela, en la querida plaza de Almudines, decía: «La vida es un tango y hay que saber bailarlo». Es tragicómico. Como el payaso que llora abatido por la vida. Como el malo de la película que obliga a reír a punta de pistola. Te ves obligado a hacer algo teóricamente lúdico: la música desconocida de aire rancio, un tango amargo como el presente. Los músicos estridentes y fatuos, y tu compañera de baile: la muerte.

Quousque tandem abutere, Trump, patientia nostra?