Me gustan los pueblos pequeños. Cuanto más pequeños, mejor. De esos en los que la vida parece detenerse un poco y el reloj deja de imponer urgencias. Hay algo en los pueblos pequeños que desafía la lógica del tiempo. Lugares donde comprar el pan puede convertirse en una conversación y donde un establecimiento no es solo un negocio, sino una pieza imprescindible del día a día.

Los multiservicios son un ejemplo perfecto. Esos establecimientos que son tienda, cafetería, punto de encuentro, pequeña oficina improvisada, lugar donde recoger un paquete o resolver una necesidad cotidiana. Negocios que no se sostienen solo con números.

Lo paradójico es que mientras estos espacios encuentran fórmulas para seguir funcionando en municipios cada vez más pequeños, en localidades mayores determinados servicios desaparecen porque dejan de ser rentables. La lógica económica es contundente: si no compensa, se cierra. Sin embargo, los pueblos más pequeños están demostrando otra realidad, una donde la utilidad social tiene peso propio.

Hoy he entrado en dos multiservicios de dos provincias distintas. Y he salido pensando lo mismo: algunos pueblos conservan auténticos tesoros sin darles importancia.

También es verdad que el respaldo institucional y el sostén de lo público han entendido algo importante. Mantener vida en el medio rural no consiste únicamente en conservar carreteras o consultorios; pasa por garantizar espacios donde la gente pueda seguir viviendo con dignidad. Ese apoyo ha desviado la rentabilidad hacia otro lugar: hacia la cohesión territorial y la permanencia de un modo de vida. Y eso, aunque no siempre aparezca en una cuenta de resultados, produce riqueza.

Tal vez por eso los pueblos pequeños siguen enseñando lecciones inesperadas. Mientras algunos territorios crecen y pierden cercanía, ellos sobreviven porque entienden que hay cosas cuyo valor no puede medirse únicamente en beneficios económicos. Hay servicios que sostienen personas. Y personas que sostienen pueblos.

Y sí, ya lo digo yo: el pueblo que tiene un multiservicio tiene un tesoro.

Beatriz Úbeda. Correo del lector. Jatiel