Al igual que en muchos otros municipios, el pasado sábado los caspolinos nacidos en 1974 nos reunimos para celebrar nuestro medio siglo de vida. Cincuenta años no son nada, rezaba el título de una novela. Aunque yo creo que sí lo son. Veamos.

Mientras en las radios de la época sonaba Waterloo de ABBA o Porque te vas de Jeanette, el escándalo Watergate se llevaba por delante al presidente de los EE.UU., Richard Nixon, al tiempo que nuestros pueblos ultimaban los preparativos para las fiestas patronales. Un mes después, ETA asesinaba a 13 personas en su primer atentado masivo, el de la cafetería Rolando de Madrid.

Unos meses antes, en Portugal, había estallado la Revolución de los Claveles. Fue el primer acto del fin de las viejas dictaduras ibéricas, pues como todos sabemos, un año más tarde moría Francisco Franco. Para nosotros, los que nacimos en los últimos años del régimen, Franco no fue más que aquel al que cantábamos «el del culo blanco», aunque en realidad nunca supimos si era cierto porque en las monedas solo salía su cara.

No fuimos conscientes de lo rápido que cambió España durante nuestra niñez. No sabíamos que estábamos creciendo en plena Transición, o que nuestros padres las pasaban canutas a causa del paro y la fuerte inflación. Oímos decir a los mayores que hubo un problema gordo en Madrid con un tal Tejero, aunque el primer gran recuerdo para la mayoría de nosotros fue el Mundial de 1982, el de Naranjito.

Mientras en el país se afianzaba la democracia, nosotros disfrutábamos de una infancia más parecida a las de antaño que a las de ahora: se salía toda la tarde sin que nuestros padres supieran exactamente por dónde andábamos y se volvía a casa cuando sonaba la sirena; jugábamos en los parques con cacharros tan infernales como el chino de la glorieta o la barca de los jardines de la estación (raro era el mes en el que no había una rotura o un chichón gordo); todavía compramos cigarrillos a 5 pelas y fuimos al cine por cinco duros. Las vacaciones, el que las tenía, consistían en pasar una semana con la familia que vivía en otro lugar, o en ir con nuestros padres tres días a la playa o al Pirineo. Los coches de la familia eran mucho más modestos que los de ahora y no pasaba nada, porque además, eran más espaciosos (explíquenme si no cómo podíamos meternos 9 en un Renault 4 para ir a bañarnos al río).

Nunca fuimos ricos y tampoco vivimos como si lo fuéramos. Embolsamos melocotones para sacar unas perrillas para las fiestas y nuestras primeras motos fueron las Mobylette… ¡Aquellas míticas Caddy!

En 1992, con los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla, España, como nosotros, cumplió la mayoría de edad. Algunos todavía fuimos a la mili y la mayoría nos casamos con «ventipocos». Aunque España había cambiado mucho en un cuarto de siglo, nosotros, hasta entonces, habíamos sido capaces de seguirle el ritmo. Con la llegada del tercer milenio, ya no.

Algunos me dirán que desde que cumplimos los 18, todas las generaciones tenemos la sensación de que el tiempo corre mucho más deprisa, pero es palmario que el siglo XXI llegó pisando el acelerador y cada día va un poco más rápido. La tecnología lo ha puesto todo patas arriba. Aunque pensándolo bien, quizá mi bisabuela pensó algo parecido con la llegada del siglo XX, al ver la luz en las casas y los primeros coches por las calles. Igual es que ahora que ya tengo 50 tacos, me parezco más a ella.

Amadeo Barceló. Cuestiones bajoaragonesas