Me negaba a sumar un elfo a nuestra familia, por eso llegó el cuatro de diciembre en lugar del día uno, empujada por una sociedad que ya no sabe cómo complicarse la vida. Fuimos a comprar unos rotuladores a un bazar y nos encontramos con seis pasillos navideños y uno repleto de elfos, de todos los tamaños y colores.

Esos doscientos elfos mirando a mis hijos, más los tres días previos de ejemplos ilusionantes sobre lo que habían hecho los elfos de otros niños, hizo que no pudiera decirles que no. En realidad, no dije nada, pero mi cabeza me traicionó. Se elevó un poco hacia arriba e interpretaron un sí como una catedral. Pagamos el elfo y esa noche me informé sobre el contrato que acababa de firmar.

Está inspirado en antiguas leyendas escandinavas, pero se puso de moda con un libro infantil en el año 2005, de Carol Aebersold y Chanda Bell, donde unos elfos, enviados por Papá Noel, se esconden en diferentes rincones de la casa para observar el comportamiento de los más pequeños y, al mismo tiempo, hacer travesuras por las noches.

Se supone que el elfo cobra vida en cuanto los niños le ponen un nombre. El nuestro se llamó Elfi antes de doblar la esquina. Dicen que simboliza la magia de la Navidad y que es a Papá Noel lo mismo que Pinzón a los Reyes Magos. Pero lo cierto es que a mí el pajarito me sirve como amenaza para que se porten bien y, sin embargo, el elfo supone una obligación más a mi larga lista de quehaceres, y durante veinticuatro noches seguidas.

Me encuentro dos realidades muy diferentes: los padres y madres asqueados en la puerta del colegio —«¿qué ha hecho tu elfo hoy?», «yo ayer me acordé cuando ya me había metido en la cama…»— frente a los videos de Instagram en los que el elfo monta verdaderos escenarios con mochilas precintadas, retretes forrados con papel de regalo, montañas nevadas de harina desde la encimera de la cocina hasta el suelo y tirolinas de lado a lado del salón que, con suerte, yo aprovecharía para colgar la ropa que no se seca.

Todo eso para conseguir una sonrisa mañanera, unos segundos muy breves que, en el fondo y aunque me joda, sí valen los minutos u hora que has perdido preparando la travesura. ¿Por qué nos gusta tanto complicarnos la vida?

Cristinica Gómez. Cosas de locos