Hay algo de septiembre que me gusta y me incomoda a la vez. No es enero, pero se le parece. Una vuelta a la rutina mezclada con la sensación de que puedo «empezar de nuevo», con el peligro intrínseco de que eso se convierta en un cliché.

Septiembre es una especie de comienzo silencioso del año en el que todo tipo de propósitos empiezan a acechar mi mente, para bien o para mal... Lo empiezo con tales convicciones como no estresarme más, madrugar para que me cunda, comer mejor, hacer ejercicio, volver a la orquesta, pasar menos tiempo con el móvil, apuntarme a yoga..., y así podría seguir enumerando.

Pero en el transcurso de mi motivación la realidad se empieza a entrometer. El despertador suena, el café se enfría, el correo se acumula, y el yoga… bueno, el yoga sigue esperando. Una presión silenciosa, al igual que ese prometedor comienzo de septiembre, se cuela en mis planes: la de tener que mejorar, rendir, cumplir y hacer. Como si no bastara con volver a lo que sea que llames rutina, también tienes que volver siendo mejor.

Esto de «reinventarse», si es que existe, tiene su truco. Y sobre todo lleva su tiempo. En eso ando desde que hace un tiempo, «empezando de nuevo» en otro lugar, en otro trabajo y con otras gentes. Recuperando cosas que había perdido, personas de las que me había alejado, extrañando a otras que antes veía a diario.

Este verano se me hizo más septiembre que otra cosa. Un salto al vacío para construir una nueva rutina. Tratando de encontrar mi lugar y mi propósito. Y ya puestos a planificar, me propongo que mis metas sean más amables, con menos exigencias y más intención.

No se trata de hacer más, sino de hacer mejor, aunque eso signifique hacer menos pero con más sentido. Septiembre no es solo volver, sino también mirar hacia adelante. Quizás la clave no está en querer cambiarlo todo, sino en elegir bien qué quiero conservar y qué me gustaría transformar.

Iulia Marinescu. Sin más