Cambio de año. Es el momento en el que toca hacer balance, mirar atrás y repasar lo que hemos aprendido. Yo en 2025 conocí a Ena.
Llamada Victoria Eugenia de Battenberg de manera más formal. Reina de España durante el reinado de Alfonso XIII. Esposa, madre, figura institucional, extranjera, exiliada. Bisabuela del actual rey, Felipe VI. Sí, aquellos reyes que tuvieron que huir de España cuando la sociedad decidió, de forma democrática, que la monarquía ya no tenía cabida en el nuevo sistema político que se abría paso con la Segunda República. Hoy suena casi a ciencia ficción. Una utopía inversa. Monarcas haciendo maletas, saliendo por la puerta de atrás, expulsados no por una guerra sino por las urnas. Pero ocurrió, aunque sea un episodio casi desconocido por muchos.

Conocí su historia trabajando en el documental ‘Victoria Eugenia: historia de un amor trágico’, emitido en TVE. Gracias a ese proyecto tuve la suerte de rodar en el Palacio Real de Madrid, en el de la Magdalena en Santander y conocer a personas muy interesantes.

Ena es una figura injustamente olvidada. Como tantas otras mujeres relevantes de nuestra historia. Llegó a España siendo extranjera, sin conocer el idioma, sin red, se casó con un hombre que la ignoró y la humilló, tuvo hijos marcados por una grave enfermedad y cargó durante años con culpas que no le correspondían. La historia fue cruel con ella. Y, aun así, decidió no retirarse del todo ni convertirse en una figura decorativa. Apostó por las causas sociales. Por la modernización de la sanidad. Por la profesionalización de la enfermería en España, en un momento en el que cuidar seguía considerándose una extensión doméstica del rol femenino, que no era digna de reconocimiento y formación. Trajo a España una mentalidad mucho más avanzada que la de la corte alfonsina de la época.

Nuestra historia está llena de mujeres relevantes que fueron silenciadas, minimizadas o directamente borradas. Mujeres que impulsaron cambios, resistieron tragedias personales y colectivas, y que, sin embargo, aparecen en los márgenes del relato oficial. Como notas al pie. Como acompañantes. Como «la esposa de», «la madre de», «la reina consorte». Nunca como protagonistas. No hablamos de ellas en los colegios. No les dedicamos calles ni plazas con la misma facilidad con la que honramos a otros personajes cuya aportación, en ocasiones, fue bastante más discutible.

Por eso iniciativas como esta docuserie son tan necesarias. Porque no se trata solo de rescatar a Ena. Se trata de rescatar una forma distinta de mirar. De preguntarnos por qué ciertas figuras desaparecen del relato y otras permanecen inamovibles. De entender que la historia no es neutral, que alguien siempre decide qué se cuenta y qué se olvida.

Quizá si empezamos a contar mejor nuestro pasado, podamos construir un futuro un poco más justo. Menos cómodo, pero más honesto.

Laura Quílez. En busca del tiempo perdido