Yo nací en Mogón, un pueblo que pertenece a Villacarrillo. Es un pueblo con muchos chalets alrededor del río Guadalquivir y con lugares donde la gente va a bañarse en verano, como el Aguascebas, una piscina natural donde el agua está más calentita.

Me crié en una huerta. Éramos cuatro hermanos y en casa siempre hemos trabajado todos juntos. Mi padre era hortelano y cultivábamos de todo: tomates, pimientos, pepinos, berenjenas, ciruelas, cerezas, peras, manzanas… La gente del pueblo nos compraba mucho porque todo estaba recién cogido. Nos decían muchas veces: «Poned una matita más, para nosotros, que así lo compramos recién cogido». Cuando mi padre recogía la cosecha, la llevaba al pueblo, Villacarrillo, para venderla en los puestos que montaban.

Con 14 o 15 años dejábamos la escuela y ya empezábamos a trabajar. Yo, en ese entonces, me fui con mi padre a la huerta y aprendí el oficio con él y con mis hermanos, Ricardo y Diego.

Cuando mi padre falleció, mi madre empezó a trabajar de cocinera en el comedor escolar. Yo la ayudaba limpiando los trastos de la cocina, porque entonces no había lavavajillas.

La vida en el campo empezaba muy temprano. Madrugábamos, desayunábamos y nos íbamos a la huerta mientras hacía fresco. Cuando apretaba mucho el calor, volvíamos a casa y, por la tarde, regresábamos a última hora para seguir trabajando.

Además de la huerta, también teníamos animales. Todos los años hacíamos la matanza y criábamos dos cerdos para tener comida durante el resto del año. Mi madre tenía gallinas para recoger huevos, los cuales no vendía, también conejos y perros que avisaban si pasaba algo.

En casa consumíamos todo lo que cultivábamos y criábamos nosotros. La comida era muy buena porque teníamos de todo: verduras frescas, carne de cerdo, conejo, chorizos y otros embutidos caseros.

También hacíamos conservas para el invierno. Los tomates los lavábamos, los pelábamos y los metíamos en botes que se cerraban. Después los cocíamos en un caldero con agua hirviendo para que no se echaran a perder. Los pimientos rojos los colgábamos ensartados con aguja e hilo gordo para que se secaran.

Con el tiempo aprendí cosas sobre la tierra. Sabíamos cuándo recoger cada verdura. Los pimientos verdes se cogían pequeños para freírlos y los rojos servían para secarlos. Las berenjenas había que recogerlas antes de que estuvieran demasiado gordas y los pepinos tenían que estar verdes y tiernos, porque si se ponían amarillos ya no valían.

Aunque era una vida dura, sobre todo por el calor o por trabajos como la aceituna y el algodón, yo estaba acostumbrada. Lo que más me gustaba era poder trabajar en mi propia casa y junto a mi familia. Nunca hemos tenido que irnos del pueblo.

Ahora veo que el campo ha cambiado. Antes el trato era más directo y todo se hacía más a mano. Hoy hay más máquinas y mucha fruta viene de otros sitios. Aun así, creo que la gente sigue valorando las cosas recién cogidas de la huerta.

A los jóvenes les diría que el campo es un trabajo duro, sobre todo con el sol y el calor, pero también es una forma de vida bonita. Nosotros trabajábamos mucho, pero siempre teníamos la ilusión de salir adelante y de ganar algo para ayudar en casa.

Antonia Sánchez Bautista. AFEDABA Los Calatravos