Escribo mientras moqueo. Pienso en qué escribir y me pican los ojos. No he cogido kleenex, mierda. Maldita alergia… Desprendo urbanismo por los poros; ni toda una vida siendo scout ni mi ya no tan recién adquirida condición de neorrural ha logrado sacudirme del cuerpo todo lo madrileña que soy.

Acabo de encontrar un kleenex. Salvada. Tengo que dejar de escribir kleenex, que no me pagan por ello. Pero, ¿cuándo he dicho yo, en mi vida, pañuelo de papel? Bueno, que me desvío del tema. Me he apuntado a estas jornadas de escritura y aquí estoy, sentada frente a la fuente del Huergo, enfrentándome a la famosa hoja en blanco y con unas instrucciones claras: escribir qué es para mí la naturaleza.

Todo lo que plasmo sobre el papel me parece ridículo. Me invade el tan femenino síndrome de la impostora y no sé qué hago aquí, rodeada de todas estas escritoras y escritores de verdad. Ni el elogio de una de ellas, con varios libros publicados, minutos después, hará que me crea, aunque tan solo sea por un momento, que, tal vez, escribo bien.

Voy a cerrar los ojos y concentrarme en el sonido de los pájaros, en el viento moviendo las hojas de los árboles, en esta imponente cascada. Mente en blanco, solas la naturaleza y yo… ¡Hostia! ¡Qué araña! ¿Dónde está? La he perdido, iba rapidísimo. No se me habrá metido en la zapatilla, ¿no? Ya me pica todo el cuerpo.

Es como si me hubiera sentado sobre un hormiguero y esos pequeños insectos estuvieran subiendo en procesión por todo mi cuerpo. Espera, ¿no me habré sentado sobre un hormiguero? Compruebo que no. ¿Y la araña? ¿Dónde está?

Venga, Nere, va.

Que ahora la naturaleza es mi hogar. Que vivo a las faldas de una majestuosa montaña coronada por un castillo templario. Que en mi pueblo los pasos de cebra han sido invadidos por cabras y jabalíes. Que los buitres sobrevuelan mis idas y venidas de casa al cole de mi hija. Que he descubierto el cierzo, un tipo de viento salvaje, capaz de llevarse hasta los malos pensamientos.

¿Es la naturaleza lo que me trajo hasta aquí? En cierto modo, y me viene en verso, sí. Trabaja con olivos y almendros, encuentra espárragos y tucas sin fin, tiene los ojos azules, dos preciosas hijas y él sí que no podría vivir en Madrid.

Nerea Lorenzo. www.yoloquequieroesescribir.blogspot.com