Los resultados arrojados por las elecciones europeas y la constitución de la mesa del parlamento catalán nos permiten dilucidar las posibles vías de tránsito del panorama político catalán y español.

De las muchas y arriesgadas decisiones que suele tomar el Presidente del Gobierno hubo una propiciada por el adelanto electoral en Cataluña que tuvo mucho menos eco: prorrogó los presupuestos generales del 2023, dejándonos sin cuentas nuevas este 2024.

La estrategia era clara: las vertiginosas contiendas electorales que había este año sumado a las acusaciones de corrupción, de Koldo a Begoña, generaron la tormenta perfecta que, si se lograba navegar, daría paso a dos años de calma, sin elecciones.

En las pruebas hercúleas a las que se sometía el presidente, la condición de su supervivencia era la siguiente: mejorar resultados en Euskadi, ganar las elecciones catalanas y lograr un empate técnico con el PP en las europeas.

En el prefacio, hubo una contienda gallega a la que no se le daba mucha importancia pero que, al acariciar en las encuestas una mayoría de izquierdas que habría matado políticamente a Feijóo, convirtió la esperable victoria del PP en un mazazo de impacto desproporcionado. La carrera empezaba mal para el gobierno.

Una vez llegados a la meta, el Gobierno puede plantearse su continuidad a dos años vista si es capaz de gestionar una victoria excesiva en Cataluña y su no-empate con el PP en el conjunto de España.

Si Illa hubiera sacado el mismo resultado pero ante un parlamento de holgada mayoría independentista, la consecuencia hubiera sido un win-win de PSOE y Junts donde cada uno podría decir que habían conseguido sus objetivos y haber retomado las negociaciones de los presupuestos del año que viene.

Ahora, cualquier resultado que no sea la investidura de Illa será una mala noticia para el PSOE y cualquier posibilidad de permitir que Puigdemont sea presidente será visto como una cesión y enmendará el relato de que la amnistía ha servido para derrotar al independentismo en Cataluña.

En cuanto a las europeas, los pronósticos de las dos partes enfrentadas se han resuelto de forma tan ambigua, pero a la vez tan ajustada a lo esperable, que de sus resultados cada uno puede sacar las conclusiones que le den la gana.

El PP puede celebrar una victoria de más de 4 puntos con el PSOE y una mayoría de derecha en unas elecciones que no son fácilmente extrapolables a pesar de que votamos casi el mismo censo electoral que las generales. Feijóo se queda.

El PSOE puede presumir haber resistido en un 30%, codearse en el top 3 socialdemocracias más votadas de Europa y haberse quedado sólo a 2 escaños del PP. Sánchez también se queda.

Y sin embargo es como si el horizonte de hacia dónde va nuestra política se viera mejor en el pasado que en el futuro. La España del 2024 recuerda a la España de 1994.

En ella hubo unas elecciones europeas donde por primera vez ganó el Partido Popular. Hacía sólo un año Felipe González había logrado contra todo pronóstico dar la vuelta a las encuestas y volver a ser reelegido gracias al apoyo de las derechas vasca y catalana.

Sólo dos años después de esta derrota europea, Pujol se negará a aprobar los presupuestos al Gobierno y desencadenará nuevas elecciones, después de las cuales le dará el gobierno al PP.

Los paralelismos entre ese periodo y el que hoy vivimos son a mi entender evidentes. Sin embargo, el Pujol ante el que negocia Sánchez no es el amo y señor de Cataluña sino sólo uno que aspira a serlo este año.

Por tanto, Cataluña no se encuentra tampoco en el 2024, ni siquiera en 1994, sino más bien en 1980, cuando Pujol fue investido por primera vez.

En ese momento las elecciones arrojaron un parlamento donde las tres izquierdas (PSC, PSUC y ERC) sumaban mayoría absoluta pero el liderazgo de Pujol, también contra todo pronóstico, lo hizo ser la fuerza más votada. En esta situación ERC, jugando siempre al dilema del gallina con CiU, cedió y, junto a UCD, le dieron la presidencia a Pujol.

Creo que aquí, nuevamente, los paralelismos son inquietantes.

Dos vías se alzan de pasado a presente. En nuestro 1980, el Gobierno del PSOE, como el de UCD en su momento, puede darle a Puigdemont la presidencia con el apoyo de ERC y convertirlo en el nuevo Pujol. Y mágicamente pasar a nuestro 1994 y que Puigdemont le apruebe los presupuestos a Pedro Sánchez y darle sus 2 años de paz. Pero cuanto más pase el tiempo y los efectos de la amnistía queden más amortizados nada le impedirá a Junts limar asperezas con el PP, recordar que ambos son de derechas y pactar un cambio de gobierno, probablemente forzando el fin de la legislatura, a cambio de asegurarle que desde la nueva Moncloa nadie impedirá el nuevo reinado pujolista.

O en cambio, Pedro Sánchez puede tomar una arriesgada decisión (otra vez) y llevar hasta sus últimas consecuencias a Salvador Illa a la Generalitat, repitiendo elecciones si hace falta, aun sabiendo que eso puede conducir a que Junts no le apruebe los presupuestos e incluso a que se vuelvan a convocar elecciones generales.

Por un lado, hacer todo lo posible porque Illa sea presidente no garantiza que lo sea ni que en una repetición electoral no pueda finalmente gobernar Puigdemont, pero será la clave para construir un relato por el cual PSOE no dió alas a los independentistas sino que supo, desde la negociación, derrotarlos.

Por otra parte, una ruptura de relaciones entre PSOE y Junts es mucho más difícil en medio de la aplicación de la amnistía, sin tiempo para que la derecha española y catalana puedan reconstruir puentes.

Independientemente de lo que suceda al final (de la tragedia griega de Podemos y Sumar mejor ni hablemos) el desenlace de la ochentera investidura catalana determinará si en las próximas campanadas daremos la bienvenida al año 2025, o a 1996.

Tomás Celiméndiz Gimeno. Graduado en Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Autónoma de Barcelona