Hay decisiones que pesan siglos. Algunas, tomadas en un momento de quiebra, evitan guerras, mantienen reinos y reordenan la historia sin empuñar una sola espada. El Compromiso de Caspe, firmado en junio de 1412 en la Colegiata de Santa María la Mayor, fue una de ellas. Y, sin embargo, hemos consentido que durmiera en los márgenes del gran relato de nuestra historia, como si la grandeza de un hecho dependiera de la latitud en la que ocurrió. No hablamos de una batalla, sino de un acuerdo que la evitó.
Un año más, Caspe ha vuelto a hacer lo que lleva 29 ediciones cuidando. Revivir, con rigor y emoción, el momento en que nueve compromisarios proclamaron rey a Fernando de Antequera y evitaron que la crisis desembocara en una guerra de sucesión abierta. Un centenar de voluntarios, miles de visitantes y el peso solemne de quien reproduce algo verdadero. Todo ha vuelto a ocurrir este pasado fin de semana sin que el reconocimiento nacional que merece haya llegado todavía.
Eso es lo que sigue pendiente. El Ayuntamiento abrió en julio de 2024 el expediente para solicitar al Ministerio la declaración de Fiesta de Interés Turístico Nacional, y prevé remitir la solicitud definitiva antes de que termine el año. El objetivo es lograrlo para el trigésimo aniversario. Treinta años de trabajo sostenido, de generaciones convencidas de que la historia merece ser habitada, no solo estudiada. Una trayectoria que exige una respuesta a la altura.
Para quienes aún no han pisado las orillas del Ebro en su encuentro con el Guadalope, conviene recordar el hito. En 1410 murió Martín I el Humano sin descendencia y la Corona de Aragón, una monarquía que reunía territorios a ambos lados del Mediterráneo, se asomó al abismo. Lo que siguió no fue una guerra sucesoria abierta, sino algo mucho más difícil: un procedimiento pactado entre representantes de Aragón, Cataluña y Valencia que resolvió la crisis mediante el derecho escrito. Fue una respuesta excepcional en una Europa donde los conflictos dinásticos solían decidirse en los campos de batalla. Más extraordinario que elegir un rey fue decidir que las leyes valían más que las espadas. Y funcionó. Seis siglos después seguimos hablando de aquel acuerdo, no de la guerra que no llegó a ser.
Nos llenamos la boca hablando de convivencia y cultura democrática mientras ignoramos uno de los episodios políticos más singulares de la Europa bajomedieval. Invocamos el consenso, pero nos cuesta reconocer el que nació lejos de los grandes focos de poder. Resulta desconcertante que esta historia sea más conocida en círculos académicos de fuera que entre buena parte de la población aragonesa. Que aún haya que convencer al país de la trascendencia de lo que aquí ocurrió. Como si la historia necesitara el sello de un ministerio y seis siglos de memoria valieran menos que un trámite administrativo. Pero así funciona demasiadas veces este país: lo que no hace ruido en Madrid parece no haber ocurrido nunca. Y, mientras tanto, Caspe sigue cuidando su historia mientras espera a que el resto del país decida mirarla. Quizá porque ocurrió lejos de los lugares desde donde casi siempre se decide qué episodios acaban formando parte de la memoria colectiva.
En ese esfuerzo colectivo, La Comarca también ha querido aportar su parte. La pasada semana editó un suplemento especial de 28 páginas dedicado a la Conmemoración, con entrevistas y reportajes sobre la Conmemoración. Es el mejor punto de partida para comprender por qué esto importa.
El patrimonio que no se convierte en relato accesible se marchita. La declaración de Fiesta de Interés Turístico Nacional no caerá del cielo de los ministerios, necesita que entendamos que la difusión del Compromiso es una responsabilidad compartida. Cuéntenlo, compártanlo, vuelvan el año que viene. Hay quien cree que proteger el patrimonio consiste solo en restaurar iglesias, castillos o murallas. Se equivoca: el patrimonio también desaparece cuando se deja caer en el olvido. España lleva demasiado tiempo pasando de puntillas sobre una de las mayores lecciones políticas de su historia. Reconocer el Compromiso como Fiesta de Interés Turístico Nacional no sería un premio para Caspe. Sería empezar, por fin, a saldar una deuda con nuestra propia historia.
Jorge Herrero. Papel y Pixel


Los que somos de aquí lo vemos cada día. Caspe lleva demasiado tiempo esperando lo que le corresponde, mientras seguimos arrastrando problemas que nunca terminan de solucionarse. Ya va siendo hora de que se acuerden del territorio, gracias.
bonito homenaje, tiene toda la razón, esperemos que las instituciones reaccionen de una vez
El futuro está en vuestras manos ya Jorge, los mayores poco más podemos hacer. Ojalá podáis cuidarlo igual o mejor de lo que nosotros intentamos hacer. Por desgracia mal futuro preveo.
Muchas gracias Jorge por su comentario.
Tiene toda la razon.