Cuando España firmó junto a Portugal su adhesión a la entonces Comunidad Económica Europea el 12 de junio de 1985, eran muchos los interrogantes y no pocas las resistencias internas. Se temía por el futuro del campo, por la capacidad de la industria nacional para competir en un mercado sin barreras, y por la cesión de soberanía que suponía entrar en un club donde las reglas del juego estaban ya escritas. Cuatro décadas después, con la perspectiva que otorga el tiempo, es innegable que la integración en la Unión Europea ha sido una de las decisiones más acertadas de la historia reciente de nuestro país.
El pasado 12 de junio de 2025, la red de centros Europe Direct de España y Portugal nos unimos en redes sociales para conmemorar la firma del tratado de adhesión de ambos países, reivindicando que la unión hace la fuerza y que hemos hecho un recorrido de 40 años juntos. Desde el Europe Direct Maestrazgo publicamos el vídeo que habíamos preparado en común todos los centros, presentándolo orgullosos a nuestros seguidores con el lema «Construyendo Europa desde Molinos». También se han cumplido este pasado 29 de junio los 40 años de nuestra bandera, adoptada originalmente por el Consejo de Europa treinta años antes; las doce estrellas doradas sobre fondo azul se convirtieron en 1985 en el logotipo oficial de la Comunidad Económica Europea, antecedente de la Unión Europea.
Desde el 1 de enero de 1986, España ha recorrido un camino de transformación profunda que habría sido impensable sin el impulso europeo. Infraestructuras, modernización empresarial, mejora del capital humano, cohesión territorial, acceso a programas de financiación, impulso a la innovación y a la sostenibilidad... La lista de beneficios es larga y tangible. España no solo ha sido un país receptor de ayudas, sino también un beneficiario neto en términos de crecimiento económico, estabilidad democrática y proyección internacional.
Uno de los aspectos más visibles de la aportación de la UE a España ha sido, sin duda, la financiación. Durante las primeras décadas de adhesión, especialmente en los años 90 y principios de los 2000, España fue el principal receptor de fondos europeos, a través de los Fondos Estructurales y de Cohesión. Según diversas estimaciones, el país ha recibido más de 200.000 millones de euros en transferencias directas desde Bruselas desde 1986 y hasta 2018 recibía más de lo que aportaba (país receptor neto de ayudas).
A menudo se mide la relación con la UE en términos financieros, pero su valor va mucho más allá del dinero. La integración ha permitido a España jugar un papel relevante en el escenario internacional, participar en la toma de decisiones estratégicas europeas y proyectar sus intereses y valores a nivel global. Además, ha reforzado nuestra identidad europea, enraizada en valores comunes como la democracia, la paz, los derechos humanos y la cooperación. En un mundo marcado por la polarización, la desinformación y los retos globales, esta pertenencia es un activo estratégico de primer orden.
No todo ha sido un camino de rosas. La crisis económica de 2008, las tensiones entre el norte y el sur de Europa, la gestión de la pandemia o las diferencias en materia migratoria han puesto a prueba la cohesión interna de la UE y han generado euroscepticismo en algunos sectores de la sociedad. También se ha evidenciado la necesidad de avanzar en la unión fiscal, energética y de defensa, así como de mejorar la comunicación institucional para que los ciudadanos perciban más claramente los beneficios concretos de la Unión. A pesar de ello, el Plan de Recuperación Next Generation EU (del que España es uno de los principales beneficiarios) demuestra que la solidaridad europea sigue viva y que la UE sigue siendo un espacio de oportunidades para reinventar el modelo económico hacia uno más verde, digital y resiliente
José Manuel Salvador. Europe Direct Maestrazgo


Es un ejercicio de autobombo institucional disfrazado de análisis histórico. Aprovecha el aniversario para ensalzar su propio centro —Europe Direct Maestrazgo— y su propio cargo, con un protagonismo desmedido y forzado. La retórica grandilocuente tapa la falta de autocrítica real y convierte un asunto europeo en un escaparate local. Es más propaganda que reflexión. La defensa del chiringuito es cerrada.