Desde hace un par de semanas, mis hijos salen del colegio con el pelo empapado en sudor, los mofletes enrojecidos y las orejas ardiendo. En cambio, lo peor no es ese calor acumulado incapaz de hacerse invisible, sino lo cansados e irritados que están. Su ánimo no es el mismo, ni su rendimiento tampoco. Resulta imposible pensar, y mucho menos mostrarse contento, a más de treinta grados. La salud peligra y la motivación desaparece.
Ocurre todos los cursos y en todas las aulas, aunque cada vez llega antes. El estrés térmico es una respuesta del cuerpo, lógica y natural, a un ambiente con temperaturas elevadas. El organismo lucha por regular su termostato, pero muchas veces no cuenta con mecanismos suficientes para enfriarse por sí solo. Los abanicos, los flus-flus de agua y los ventiladores de casa donados por padres y madres preocupados ayudan, pero no son suficientes. De ahí el agotamiento de muchos alumnos y los cada vez más comunes y peligrosos golpes de calor. Y ojo con los docentes a los que tanto se critica, pues a ninguno nos gustaría trabajar en esas condiciones.
No soy capaz de comprender por qué los centros educativos son los únicos edificios públicos que no cuentan con sistemas de climatización. ¿Acaso los políticos no tienen hijos, sobrinos o nietos en edad escolar? Quizá sí, pero sin la edad suficiente para votar. ¡Cómo van a botar las pobres criaturas a treinta y tantos grados!
Las denuncias ante Inspección de Trabajo se acumulan y el proyecto Aulas que respiran hace reír (por no llorar) a los docentes, a los que se les vuelve a pedir la misma información que ya se les solicitó hace un año (mediciones de temperatura y sugerencias) y con la que no se hizo ninguna mejora en las infraestructuras. Hoy, igual que ayer y mañana, más de cuarenta y cinco centros educativos aragoneses superarán con creces los 27 grados, el límite establecido en materia de seguridad y salud en el trabajo. Algunas aulas alcanzarán incluso los 37 grados y muchos comedores, los 32. ¡Cómo no se les va a quitar el hambre! Entre el calor y la calidad de los menús… cualquiera abre la boca. Yo hoy lo hago por ellos: niños, docentes y médicos (no los olvidemos) porque, aunque nuestro futuro dependa de ellos, parece que no importan.
Cristinica Gómez


Un tema interesante. El estrés térmico afecta a la salud y la productividad, pero solo me voy a fijar en el primero porque no soy muy de la cuerda de priorizar la producción.
Que cada vez se van a dar más las condiciones del estrés térmico: es una consecuencia evidente del cambio climático.
La cuestión es la solución que queremos. La climatización que propones precisamente contribuye al calentamiento global por una parte y al local por el efecto isla de calor urbano (expulsar calor a la calle); por tanto, personalmente lo descarto en los espacios que yo decido y en la propuesta de los públicos.
Hay otras opciones que pasan por la reducción de la temperatura primero al diseñar los edificios y después mediante ventilación, sombreado, reducción de la exposición y además la adaptación del horario, reducir las tareas cognitivas; de esta forma se puede limitar la climatización solo a momentos puntuales en que se traspase el umbral sanitario (no el de productividad).
Todo eso requiere unas planificaciones que no se llevan a cabo (conoce alguien algún ayuntamiento o Comarca que destine alguna partida presupuestaria a la reducción del estrés térmico?), pero eso es otra historia.