El Congreso de Despoblación celebrado en Segura de los Baños deja un sabor agridulce. Comenzó con un mensaje contradictorio: se insistió en que la despoblación «no tiene solución». Si algo no tiene solución, ya no es un problema, y entonces, ¿para qué organizar un congreso? Ese punto de partida descolocó, parecía que todo se reducía a postureo y discursos de escaparate.

La primera jornada tuvo un marcado tinte político. Se habló mucho de cooperación, transversalidad y grandes estrategias, pero entre líneas no faltaron las habituales pullas partidistas. La segunda jornada pisó tierra: iniciativas y experiencias del territorio, problemas reales y soluciones posibles. Fue lo más valioso del encuentro.

Salí con la sensación de que faltó ambición práctica. Sería más útil contar con compromisos claros y aplicables a corto plazo, como un plan de vivienda que llegue a todos los rincones; un programa especial para reforzar servicios públicos esenciales y evitar cierres; un protocolo de emergencia para situaciones críticas (falta de médicos, auxiliares educativos o personal en oficinas comarcales); medidas fiscales que premien a residentes en el medio rural; impulso real a las ayudas al funcionamiento; y la simplificación de trámites administrativos para pequeños proyectos familiares (agricultura, ganadería, hostelería, industria...).

Me habría gustado mayor implicación institucional. La ausencia de representantes políticos de primer nivel del Gobierno de Aragón en la segunda jornada (por un pleno en Cortes) resulta discutible. Ellos organizaron el congreso y programaron el pleno. Si de verdad la despoblación es prioridad, lo mínimo habría sido no hacerlos coincidir.

Lo que sí valoro es haber escuchado testimonios de quienes apostamos por vivir aquí. La voz que debería ocupar siempre el centro de estos encuentros, pues lo demás corre el riesgo de parecer un ejercicio de retórica vacío, comparable a esas cumbres contra el hambre que terminan en banquetes opulentos o las reuniones climáticas a las que acuden en aviones «poco contaminantes».

En definitiva, el Congreso dejó luces y sombras. Fue útil al visibilizar experiencias locales y problemas concretos, pero perdió fuerza por la politización y la falta de compromisos reales e inmediatos. Ojalá en futuras ediciones podamos avanzar hacia soluciones tangibles, construidas desde y para el territorio. Lo que queremos los que vivimos aquí es sencillo: que no nos traten como si fuéramos invisibles, que nos escuchen y que nos usen como solución y no que nos vean como el problema.

Raúl Blasco. Teruel Existe / Muniesa