Cierto es que las personas siempre somos fieles a nuestro equipo de fútbol, independientemente de los resultados que este obtenga; nunca cambiamos de colores. Estaremos más o menos tristes o enfadados, pero ni por asomo se nos pasa por la cabeza cambiar de equipo. Tenemos una fidelidad de por vida que, si la analizamos fríamente, puede parecer ilógica o como mínimo sorprendente, pero que ahí está. Tal vez sea porque es una fidelidad inofensiva, pues lo peor que puede causar a los más fanáticos es algún berrinche, desengaño o pataleta. Nada lo suficientemente relevante como para perjudicar al futuro de una familia.

Si miramos a la política española comprobamos que ocurre algo parecido al mundo futbolístico. Los grandes partidos lanzan sus mensajes ideológicos para contentar a sus seguidores. Ellos saben que tienen un buen número de personas que creen en una ideología, esa misma que ellos dicen representar. Suelen ser ideologías más de izquierdas o más de derechas. Familias enteras que incluso durante generaciones siempre han creído en el mismo credo político. Gentes de buena fe, que creen en la pureza de esa ideología por la que se sienten representados, y que la suelen transmitir de padres a hijos.

En un mundo perfecto eso sería muy bonito, pero el mundo de la política es otra cosa. En un mundo moderno deberíamos huir de esos romanticismos ideológicos; ningún partido ni ningún líder se merece un apoyo incondicional e ilimitado. A la hora de votar, miremos al interior de nuestras familias, si económicamente o emocionalmente estamos mejor que cuatro años atrás. No pensemos tanto en el voto ideológico.

En los tiempos modernos todas las ideologías tienen sus cosas buenas y no tan buenas, y son las personas que tienen que desarrollarlas las que lo pueden hacer mejor o peor. Hay incluso líderes que se aprovechan de esa ideología que predican por doquier para pensar exclusivamente en su bien personal. Y apoyados en potentes campañas mediáticas pretenden dirigirnos al actualmente falso rebaño de la fidelidad política para que no salgamos de ahí. Esto no es inofensivo como el fútbol, esto sí es sumamente peligroso, pues esto sí que afecta al futuro de nuestras familias.

Juan Carlos Abella. PAR / Valderrobres