Qué poco dura la alegría en casa del pobre, entendiendo por pobre a cualquier aragonés aficionado a un deporte minoritario como el ciclismo. La noticia saltaba inmisericorde a mediados de la pasada semana: «La Vuelta Aragón no se celebrará en 2020», estocada mortal para una prueba que había regresado al calendario vivaz y ambiciosa apenas dos años antes. Cancelación que, además, llega cuando parecía que lo más difícil ya estaba hecho (la recuperación de la carrera desde cero), y quizá por ello sea más dolorosa.

No habrá Vuelta Aragón en 2020 porque las administraciones han cerrado el grifo, simple y llanamente. Mejor dicho, porque han decidido cambiar del agua fría al agua caliente. Si hace una semana se hacía público el fin del evento, hace dos se anunciaba de forma nada casual que Aragón (mejor dicho Zaragoza y Huesca) tendrá tres etapas de la Vuelta a España 2020, con la notable inversión que ello implica para Diputaciones y Gobierno Autonómico. No hay vuelta de hoja: la Vuelta Aragón ha muerto porque los políticos lo han decidido así y, tristemente, han priorizado un año en el escaparate nacional frente a la consolidación de una carrera ciclista autóctona.

Bien es cierto que cada edición de la prueba costaba 400.000€ de dudoso retorno a todos los aragoneses, pero su desaparición supone un mazazo tanto para ciclistas locales como para fomentar y mantener la afición por el ciclismo en Aragón. Recuerdo las sonrisas de los niños de los colegios de Andorra en la última edición, apilados en el control de firmas deseando que cualquier participante les chocara los cinco, o su incredulidad al percatarse de lo rápido que pasa un pelotón aunque en la tele no lo parezca.

El fin de la Vuelta Aragón supone otro clavo más en el ataúd del ciclismo, deporte para el que se avecinan vacas flacas en España ante la ausencia de relevo de los Contadores, Valverdes o Puritos. Y no, definitivamente eliminar carreras no parece la mejor opción para reflotar esto.

Adrián Monserrate