Sólo unos días después de las que ya son una de las elecciones más reñidas de la historia del país cabe responder a una pregunta que los medios de comunicación parecen no contestar de forma nítida y clarividente. ¿Quién las ha ganado o la has perdido?

La ciencia política, disciplina más similar a un cajón de sastre que a un corpus dogmático predeterminado, no puede sino dar múltiples respuestas a los múltiples enigmas y ámbitos de análisis que confluyen.

En el sentido puramente técnico, aquel que han acuñado e impulsado las teles y diarios a golpe de titular, gana el partido que obtiene más votos y escaños (si uno de los dos elementos fallase ya habría un debate). Dicho así no cabe duda de que el Partido Popular y su candidato, Alberto Núñez Feijóo, han ganado las elecciones y el resto, en contraposición, han perdido.

Esta distinción entre el ser ganador (PP) y los que no lo son, el no-ser, como perdedores puede tener ecos en Parménides pero no nos dice nada sobre como nuestra Carta Magna entiende una victoria y una derrota.

Y es que nuestra Constitución no está diseñada para satisfacer los apetitos del ego de unos individuos que quieren poder decir que han ganado o señalar legítimamente a unos perdedores, aunque ciertamente a veces se cumpla esa función, sino para garantizar una gobernabilidad emanada del Parlamento, eje de la soberanía y la representación ciudadana en las democracias parlamentarias.

Bajo este prisma, las elecciones han consistido en elegir 350 diputados que podrán ser representantes legítimos de toda la ciudadanía durante los próximos 4 años si son capaces de darnos a los españoles un Gobierno efectivo.

Y sí, cada uno de los 350 diputados y cada uno de los partidos que los engloban son legítimos y constitucionales, es decir, permitidos por la Constitución, la Junta Electoral y la Ley de Partidos. No lo digo yo, lo dicen cada uno de estos órganos. 

Cualquier relación cercana o lejana de cualquiera de estos partidos con hechos criminales (desde los que añoran antiguos regímenes hasta los que cometen corruptelas en el actual y pasando por los restos norteños y mediterráneos del carlismo que nunca muere) es una relación penal que debe solucionarse en dicho ámbito. Si los valores que representan pasan el filtro constitucional significa que sus ideologías son compatibles con el juego democrático, lo cual es siempre una buena noticia.

Dejando claro esto, si la formación de gobierno es una victoria esta sólo le puede pertenecer a Pedro Sánchez o a ninguna persona. A falta del voto CERA (voto emitido en el extranjero) el resultado es claro: el tan cacareado gobierno de PP y VOX se estrella en 169 escaños. Si navarros y canarios, estos últimos no tan claro, cediesen su brazo son 171 síes que, en cualquier caso, son 171 noes para Pedro Sánchez. Si todos los aliados, permanentes o puntuales, del actual Gobierno le siguen dando su confianza esto supone ya 172 síes. Es esta fórmula o ninguna. Esta gobernabilidad o cualquier falta de ella. Por tanto, podríamos analizar este binomio ganar-perder en otra dimensión: la personal.

Feijóo ha perdido, no como candidato, ya que aún puede aspirar a una investidura improbable o a volver a batirse en una repetición electoral, sino como político. Llegado de Galicia a Madrid cual salvador prístino de la derecha, su inmenso capital político y poder orgánico acumulado durante años paró momentáneamente las ansias de poder de una Ayuso pletórica ante el derrocamiento de Casado pero cuya ambición debía de reposar más bien tiempo en la Puerta del Sol.

Su supuesta moderación (que tanto gusta en determinados ambientes mediáticos cuando se está a la caza de voto "centrista") y su promesa de victoria encandilaron a unos poderes económicos que nunca ocultaron su deseo de que ganase ni fueron rácanos en apoyo. Ha tenido todo para ganar: todas las televisiones privadas, desde tertulianos hasta hormigas, apoyándole; editoriales y titulares de casi todos los diarios coronándolo como estadista, demonizando a su principal adversario y siempre sin mencionar al narco.

España ha vuelto a batir un no muy honroso récord de encuestas (6 diarias y más encuestas en el último medio año que en cualquier campaña electoral previa) basadas en el mismo mantra: Feijóo arrasa y hasta podrá elegir cómo y con quién gobernará. La burbuja ha estallado. Su prestigio se evapora. La espada de Damocles ya pende sobre su cabeza. Y viste de rojo.

Sánchez, con esta enésima resurrección, de la que es pronto para saber si es la última vida que le queda al Perro, que no gato, vuelve a demostrar que su resiliencia y capacidad de resistencia no son las habituales del político medio, más acostumbrado a los pinganillos, los telepronters y las entrevista masaje.

Su supervivencia se basa en el apoyo de fuerzas políticas que, no por menos criticadas y más compatibles entre sí, parecen a estas alturas del partido metidas en el bolsillo de Mr Handsome, ya no sabemos si por puro pragmatismo o porque sencillamente ya no saben decirle que no a un hombre tan guapo.

Más difícil lo tiene con el exiliado prófugo de Waterloo, líder de un partido del que abandonó la presidencia para pasar de ser su caudillo a ser su Espíritu Santo y cuyas bases son una mezcla entre una aldea gala y una secta herética. Amalgama entre los restos de la antigua Convergencia y los restos del ya olvidado 1 de Octubre, la esquizofrenia en su ADN les lleva a nunca saber si quedarse con un asiento y un sobre de dinero o mantenerse fieles a unos dogmas que vuelven atea a la Inmaculada Concepción.

Desde que esta segunda alma se impuso en el partido han perdido su trozo de pastel en la Generalitat, la Diputació barcelonesa, la alcaldía del Ajuntament geronés y se han quedado a las puertas del gobierno municipal barcelonés.

Con una sangría económica considerable, deudas que no paran y resultados electorales que no acompañan, la hipotética repetición parece depender de que se vuelva a imponer la primera alma.

Es así como la cabezonería de uno, el Perro, y del otro, el Prófugo, determinan la gobernabilidad de España, con una importante distinción: uno gana hasta en las derrotas, otro pierde hasta en las victorias.

Aunque podría hablar de los miles de matices con los cuales podríamos tratar de perdedores o ganadores, o de ninguno, a los protagonistas de esta obra coral prefiero gastar mis últimas líneas hablando de ganadores y perdedores entre disciplinas.

Este domingo perdió el periodismo, la estadística y la televisión. Perdieron aquellos todólogos, aquellos tertulianos de contenedor, aquellos vendehumos de los trackings y todos los opinadores de pacotilla que han querido vender la piel del oso antes de cazarlo, que han querido hurtarles a los ciudadanos ya no su derecho a opinar críticamente, negarles ese derecho es el objetivo de su profesión, sino la posibilidad de que sea su voto el que decida quién manda en España.

Pierden aquellos que llevan toda la vida, pero de forma más desmesurada desde la pandemia, imponiendo una realidad mediática que difícilmente tiene algo que ver con el mundo ajeno a las ondas de radio y a la fibra óptica.

En cambio, gana una disciplina ampliamente denostada: la ciencia política. Todos los que nos dedicamos a ella, que no a prostituirla, teníamos herramientas y capacidad de análisis para ver que el partido estaba ajustado.

La gira mediática del presidente, la reunificación de la izquierda, la hegemonía absoluta del PSC en Cataluña, la más que posible alta participación, los pactos de las derechas en plena campaña, sus subidas automáticas de sueldo, su inexplicable censura en temas culturales y, sobre todo, una última semana de campaña nefasta para el candidato elegido por la gracia de Dios, cocido en sus propias mentiras, tropezándose en sus propias incongruencias sobre el narco, ausente en la cita más vista y paralizado por el lumbago.

Todos estos elementos existían antes del 23J aunque parezca que nadie los mirase.

Ahora parece obligatorio tenerlos en cuenta, gane quien gane.

Tomás Celiméndiz Gimeno. Estudiante de último año de Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Autónoma de Barcelona