Paseaba el otro día por el humedal de la Corta Alloza, un espacio restaurado donde en apenas un puñado de kilómetros se concentraba buena parte de la riqueza minera de toda la zona. De fondo iba escuchando a El Presi, aquel viejo trovador asturiano que le cantaba a la mina con tino como pocos. El marco era incomparablemente nostálgico, pues como todos los andorranos y buena parte de los vecinos de la contornada, allí trabajaban nuestras familias.

La nostalgia es un sentimiento irremediablemente inyectado en la sangre de nosotros los andorranos, que nacemos ya añorando un pasado que se fue, porque vivimos o nos contaron épocas mejores y porque, como todos los lugares que formaron parte del desarrollo industrial y su posterior reconversión en la casi nada, la tristeza vive en nuestros ojos. El análisis tiene muchos matices y pormenores, pero lo cierto es que Andorra, antaño estandarte del desarrollo y la riqueza, languidece en un lento y doloroso viaje perpetuo a la incertidumbre, viaje desgastante similar al de un tren que va hacia ninguna parte y en el trayecto va perdiendo pasajeros y equipajes.

La incertidumbre, como bien señalaba el otro día el presidente de los empresarios de la zona en este mismo medio, Roberto Miguel, es paralizante, es una terrible sensación que empuja precisamente a no tomar decisiones, y de eso sabemos mucho en Andorra, pues al igual que con la nostalgia es otro sentimiento que tenemos bien interiorizado y con el que convivimos desde tiempos remotos. Aquí nunca se sabe lo que es verdad y lo que es mentira, lo que va a ser o no. Nunca ha habido nadie que entone un mea culpa, nadie sabe quién la mató, pero muerta está. La única certeza del tamaño del sol que refleja en las placas es que la manida reconversión es un globo desinflado que va dando tumbos sin sentido a la espera de llegar a ningún puerto.

Nuestras calles, antaño un hervidero, reflejan esa decadencia. No sé si de verdad estamos todos en esa espiral colectiva, pero somos muchos los que compartimos esa opinión del bajón palpable de Andorra. Hablaba el otro día con un vecino ya bien entrado en años, en plena avenida San Jorge, y me señalaba el lugar donde hubo un bar: «aquí antes había que hacer cola para entrar». Igual era un poco exagerado, pero ahora no hay nada en ese lugar y eso sí que no es ninguna exageración, y así estamos con todo. Con la diferencia de que esta vez estuvimos todo el rato y de manera sostenida avisando, y aun con todo seguían y seguían mintiéndonos en la cara; otros se arrastraban por migajas para no enfadar a la empresa. Ahora ya es tarde e innecesario pasar facturas, pero al final vamos camino de llegar a la mitad de 2026 y, vaya, vaya, aquí sigue sin haber playa.

Victor Puch. Sal en la herida