Lo previsible ha sido tal y como fue previsto. Tres semanas después de la pantomima periódica, nos encontramos ante un nuevo día de la marmota orquestado por las fuerzas conservadoras. ¿Cuál es sin embargo el cambio al que parece que nos dirigimos a partir de estas elecciones? Al fin de nuestra mesocracia. Permítanme que me explique.
Probablemente el mayor logro de nuestro periodo democrático ha sido que Aragón se ha consolidado más que otras comunidades autónomas como un territorio dominado por clases medias. La mayoría de los que me estéis leyendo seguro que se siente identificado con esa etiqueta.
La vemos en los agricultores que pueblan cada palmo de nuestra vaciada tierra, en la cantidad ilimitada de pequeños negocios que tenemos en cada municipio y barrio, en el auge de plazas de funcionario y laboral que desde que existe la DGA hemos tenido y en las casas con piscina de todas las burbujas inmobiliarias que padecemos en bucle.
Ese Aragón posterior al éxodo rural, donde los que pudieron quedarse en sus pueblos vivieron mejor de lo que se podía antes, donde el jornalero devino labrador, y los que se fueron a la ciudad lograron mejoras salariales que poco antes sólo añoraron, cuyos vástagos, entre los que me incluyo, fuimos la primera generación en estudiar y parecía que los trabajos físicos eran sólo una opción más.
Desde hace ya tiempo esa imagen idílica ha ido resquebrajándose. ¿Cuál es el bienestar de una casa grande en tierra baldía, de hijos que heredan pero emigran y de nietos que no tienen con quién jugar en verano?
La despoblación es una bestia que toda vida humana devora y que peor que cualquier plaga arrasa. En cambio, la sobrepoblación no es que sea la mejor opción debida. Si no que le pregunten al extrarradio zaragozano, ya por su cuarto cinturón, si más contaminación, más tiempo de transporte, peores servicios y vivir alquilando compensan trabajar en una oficina.
En un mundo donde querer vivir bien de nuestro trabajo parece cada vez más un derecho negado, en Aragón parecía que lo teníamos claro: vete a una capital de comarca, a un pueblo con polígono, a un suburbio bien diseñado. Un empleo estable en un lugar con crecimiento vegetativo.
Si me preguntáis por ejemplos aquí os dejo una lista: Alcañiz, Teruel, Huesca, Calamocha. También Borja, Monzón, Tarazona o Barbastro. Si queréis estar cerca del Pilar; Villanueva, Cuarte, María o Alfínden.
Os preguntaréis, ¿qué tienen en común todos estos sitios con lo que he escrito al principio? Pues que ha sido en las mesociudades donde el cambio de voto ha sido.
Si PP y PSOE han sobrevivido es porque en los pequeños pueblos y entre pobres y ricos cada uno ha ido a votar lo que iba consigo. En cambio la mesocracia algo nuevo ha decidido: Vox segunda fuerza y Chunta para todo maño que aún se considere de izquierdas.
Con esto no quiero que se me malinterprete. Admiro que en democracia el voto siempre sea algo que se cede, y que ningún partido se arrogue un derecho que no le pertenece. Pero ahora que nuestras clases medias en extinción se han decantado entre dos banderas, sin centristas por el medio y con Podemos fuera.
Ahora que los pueblos en coma votan menos por la opción que reivindica que aún existen y nuestro querido partido bisagra está en impares, yo les pregunto a mis compañeros de decil de renta: ¿en qué programa electoral la rabia y el hastío ofrecen un porvenir?
Veremos si tanta precariedad, abandono y agua hacia el Levante alguna de vuestras opciones votadas quiere revertir.
Tomás Celiméndiz. Graduado en Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Autónoma de Barcelona

