Por Nochebuena, tres hijos capitalinos, que no capitalistas, me trasplantan a «Ayusolandia». Y me he asombrado de la vida que late en Madrid. Respetando la estrechez de mi columna (2.200 caracteres) me atrevo a significar un par de reflexiones.

Quizá por las fechas, pero no solo, creo que hay un emergente sentimiento de religiosidad, un paisaje espiritual en medio de tanto materialismo consumista y aparente superficialidad. Compartí varios comentarios sobre el libro de Javier Cercas «El loco de Dios en el fin del mundo», una novela sin ficción donde se profundiza en los principios cristianos a través de vivencias y diálogos con cardenales y periodistas de la esfera vaticana, terminando con el mismo Papa de Roma. Hablan y comentan los madrileños, tomando un vinito, del discernimiento jesuítico, de la fe, de la meditación zen y de las instituciones religiosas tradicionales.

El barómetro sobre Religión y Creencias del Ministerio de Presidencia dice que el 49 % de españoles declaran tener creencias religiosas, principalmente cristianas, frente al 51 % de agnósticos, ateos o personas sin espiritualidad. En Madrid la desproporción es mayor. Creo que la gente necesita asirse a misterios del sentimiento más que certezas de la razón. Me ha sorprendido la abrumadora asistencia a misa y actos religiosos, gente que llenaba las iglesias aunque muchas personas llevaban bolsas con las compras navideñas con comida, bebida o regalos.

A más a más. He ido al cine para ver la película «Los Domingos», que lleva a la pantalla el entorno y la decisión de una adolescente que quiere ser monja de clausura. En las butacas, la gente lloraba.

Y un final menos trascendente. En la capital se cuecen muchas palabras nuevas de bienvivir, que irán al diccionario. Nunca he oído tanto «el tardeo», «la tardebuena», «las preuvas», la «tardevieja», mientras el «cuchareo» triunfa en las lujosas nuevas tabernas. Hasta Asisa inventa «bienvejecer» en su publicidad urbana. Y las tildes desaparecen haciendo cómodo el lenguaje, salvo en el bar junto a mi Hotel-Hija, cuyo nombre suena mal aunque esta ausencia lo bautiza como baturro: Se llama «Caótico», sin acento. Propio de Madriz.

Miguel Caballú. Cartas a Abel