Los Premios Goya siempre me han parecido un reflejo claro de la sociedad en la que vivimos: llena de contradicciones, donde lo superficial se antepone a lo genuino y las buenas palabras se usan como cortinas de humo para esconder intereses mucho más oscuros. En la última edición de estos premios, lo que se vio no solo fue un espacio para premiar la excelencia artística, sino una pasarela de «quedabienismo» disfrazado de discursos sobre igualdad, esfuerzo y lucha por los derechos de los desfavorecidos. Pero, ¿quién está realmente detrás de esos discursos? ¿Qué hay detrás de los aplausos y las palmaditas en la espalda? Una industria que, autoproclamándose como defensora de la justicia social, vive de las ayudas públicas y de los privilegios de unos pocos, mientras que aquellos a los que dicen defender siguen luchando por sobrevivir.

Lo que me pregunto cada vez que veo la gala es: ¿quiénes son los verdaderos ganadores de los Goya? No son los cineastas, ni los actores ni los técnicos que, por supuesto, hacen un trabajo admirable. Los verdaderos ganadores son aquellos que, con la excusa de la cultura, se esconden detrás de los micrófonos para proteger sus propios intereses, para seguir llenando sus bolsillos mientras hacen discursos cargados de valores que jamás se traducen en hechos. La cultura, al final, se convierte en una gran pantalla de humo que nos distrae de lo que realmente está pasando. Y de nuevo, nos engañan con su "compromiso social", mientras disfrutan de un sistema que los favorece.

En cada gala de este estilo, los discursos de igualdad, lucha por la diversidad y esfuerzo parecen ser el pan de cada día. Los actores y directores suben al escenario para dar su discurso de buenas intenciones. Pero, ¿cuántos de ellos son realmente conscientes de lo que implica ser parte de la clase baja o de las minorías a las que dicen defender? En su mayoría, los artistas y periodistas que celebran estas causas tienen una vida llena de privilegios, viven en mansiones o cuentan con un vasto número de propiedades, llevan ropa de marca y, lo más irónico, muchos de ellos deben su carrera a las mismas ayudas públicas que el resto de la sociedad paga con sus impuestos. Es bastante fácil dar discursos de lucha cuando estás nadando en un mar de dinero.

Mientras estos artistas se lamentan por la desigualdad y el sufrimiento de las clases bajas, no hacen nada realmente significativo para cambiar esta realidad. Solo se limitan a lanzar palabras al aire, porque en el fondo saben que esos discursos quedan bien. Hablan de solidaridad, de diversidad, pero no están dispuestos a renunciar a sus lujos, ni a su posición privilegiada dentro de un sistema que a muchos les ha dado todo lo que tienen.

La cultura no se construye desde la hipocresía, sino desde la acción, y en los Goya, así como en muchos eventos de esta índole, cada vez más, se celebra la apariencia y no el verdadero cambio. Al final, lo que queda es un evento cargado de pompa y lujo, donde la crítica social se convierte en un producto de marketing que busca impresionar a la galería, pero que no tiene ningún tipo de impacto real. Y mientras sigamos celebrando el "quedabienismo" en lugar de la autenticidad, estos eventos seguirán siendo solo un desfile de hipocresía que refleja una sociedad que no está dispuesta a cambiar, pero sí a reivindicar.

Daniel Sancho. Graduado en Ciencia Política y Administración Pública