Cada día tengo más claro que el ser humano se acabará extinguiendo por su propia estupidez. El coronavirus está sacando lo peor de nuestra sociedad por fascículos: si primero fueron el racismo y las miradas de desprecio hacia la población asiática en general, ahora es el momento de huir despavorido al escuchar una tos o un estornudo en cualquier contexto.

¿Alergia? ¿Un simple catarro? ¿Un resfriado algo más fuerte de lo habitual? ¡No, eres portador del Covid-19! ¡Atrás, Satanás!

Se sabe que el virus solo entraña riesgos en personas mayores o en afectados por asma, diabetes o enfermedades cardíacas y que la tasa de mortalidad es de apenas el 2,3% pero nosotros, a la nuestra. Mascarillas por aquí, mascarillas por allá, que ni los Pajaritos de María Jesús y su acordeón oiga. Qué más da que no sirvan de absolutamente nada si estás sano, más vale prevenir que curar así que deme 10 y a los que realmente las necesitan, que les den.

Aunque en los medios públicos se ofrece información sensata y razonable (del show de las privadas mejor ni hablamos), por alguna razón preferimos obviarla para quedarnos con la paranoia y la histeria colectiva. Dicen algunos que hacemos esto de forma inconsciente y por mera supervivencia, por el hecho de estar alerta ante el peligro. Yo, sinceramente, creo que disfrutamos como cochinos chapoteando en el lodo y regodeándonos en la desdicha. «Cuanto peor, mejor», como ya advirtió Mariano Rajoy.

Por cierto, aprovecho estas últimas líneas para felicitar por su labor a Fernando Simón, el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias. Sí, ese señor de pelo blanco, ojos claros y aspecto algo desaliñado que sale día sí y día también en el telediario transmitiendo mensajes de serenidad y templanza dentro de la gravedad. Gracias por poner los puntos sobre las íes y por intentar rebajar esta infundada alarma social. Él ya ha hecho su parte pero ahora falta lo más difícil: que las masas le escuchen.

Adrián Monserrate