No quiero que esta sea otra triste carta como la que escribí cuando despedimos a la yaya hace tres años. Quiero rendirte homenaje y, aunque lo que fuiste para mí no se puede medir en palabras, voy a intentarlo.

Echo la vista atrás y vuelvo a aquellas tardes en las que me quedaba dormida apoyada en tu barriga, escuchando de fondo el tarareo de la nana que me compusiste cuando nací. Me viene a la memoria, también, descubrir de la mano cada rincón de Alcañiz, sus leyendas y sus secretos. Son muchos los recuerdos que vivimos juntos y que me hacen sentir orgullosa de mis raíces, de donde vengo.

A veces renegabas de que ninguno de tus nietos heredase tus pasiones. Lo intentaste con la música, con la Semana Santa alcañizana, con la pastelería, incluso con la tauromaquia. Aun así, supiste transmitirnos esas pasiones de diferentes formas, como aquella vez que me llevaste a hacerme una sesión de fotos vestida de pastelera cuando prácticamente acababa de aprender a caminar; o cuando le pediste a Papá Noel que me regalase mi primer tambor. Ahora me doy cuenta de que acciones como esa eran una manera de mostrarme lo orgulloso que estabas de lo que te definía.

En cambio, hay algo que nos unió más aún durante estos últimos años: nuestra pasión por la fotografía. Uno de los más grandes regalos que me hiciste y que conservaré como un tesoro es la que fue tu primera cámara analógica, aquella que te compraste a mediados de los años 70. He de reconocer que enseñarte mis fotos reveladas en laboratorio era como presentarme a un examen: primero, las analizabas minuciosamente y, después, me dictabas las directrices a mejorar.

Durante estos días he recibido muchos y grandes regalos en forma de historias, anécdotas y recuerdos de todas las personas que te conocieron, de quienes te querían tanto. Escucharlas me hizo ver lo especial que eras para quienes te rodeaban y reafirmar, una vez más, el gran corazón que tenías.

No sé cómo va a ser volver a Alcañiz y no verte en tu despacho leyendo el periódico, en el sofá viendo una corrida de toros de la Feria que fuese, paseando alrededor del huerto cuidando de tus viñas o tomando café con tus amigos de las Espilas.

Nadie muere mientras alguien lo recuerde. Igual por eso siempre me decías aquello de: «Ya te acordarás de tu abuelo, ya». Que no te quepa duda, porque y tanto que lo voy a hacer.

Laura Alejos. Y de postre…