Habitan la comunidad aragonesa 1.310.000 personas aproximadamente. Los nacidos en Aragón son el 73% de los residentes en la Comunidad. A ellos se suman 168.000 personas que han nacido en el extranjero y 187.000 naturales de otras provincias españoles. Aragoneses que viven fuera de Aragón son unos 270.000, de los cuales unos 45.000 viven en el extranjero. Podemos imaginar por tanto que la supuesta identidad aragonesa de hoy no es tan «homogénea» como en nuestros tiempos juveniles. Pero es un objetivo deseable que todos los aragoneses de dentro y de fuera y todos los que viven en Aragón sientan como propia la misma identidad y sientan Aragón como su primera y autentica Patria. Hablaríamos de 1.600.000 personas.

El diccionario de la Real Academia de la lengua, presenta varias definiciones de la palabra identidad. Cito a continuación las dos definiciones que mejor encajan en estas notas. «Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracteriza frente a los demás» y «Conciencia que una persona o colectividad tiene de ser ella misma y distinta a las demás»

En el día a día, la identidad personal es oficialmente cosa mucho más pobre; una información registrada en las instituciones que alude en primera instancia al nombre y apellido que cada persona ha recibido. De esta manera, una persona puede ser diferenciada del resto. Con los avances de la tecnología y el importante incremento de la población a nivel mundial, se han implementado nuevos elementos que permiten diferenciar a una persona de otra, como lo son las huellas digitales, el ADN o el reconocimiento facial. La identidad personal también se puede referir a cuestiones vinculadas con la cultura, como lo son la profesión, las habilidades, la etnia, la religión, la actividad laboral, la personalidad, los gustos o el comportamiento. El concepto de identidad cultural implica todo aquello que tiene que ver con las creencias, tradiciones, símbolos, comportamientos, valores y orgullos que comparten los miembros de un determinado grupo de personas y que son a su vez los que permiten la existencia de un sentimiento de pertenencia. Este sentimiento ayuda a que, a pesar de las diferencias individuales, los miembros puedan tener mucho en común. Esta identidad puede ser definida también por oposición a otras. Un grupo puede ser identificado como tal justamente porque presenta diferencias explícitas y notables que permiten establecer la existencia de distintos grupos.

La identidad nacional se manifiesta por el hecho de compartir costumbres o tradiciones. La identidad nacional, por otro lado, es aquella que vincula a los individuos con la nación de la cual forman parte. En la práctica consiste en disponer de documentos oficiales, como pasaporte o tarjeta de identidad, expedidos por un determinado país.

Cuando defino mi identidad digo: «soy Aragonés». Está claro que esta es una de las facetas más importantes de mi identidad, pero no la única. Hablar de identidad es bastante complicado cuando se habla de uno mismo, pero es casi imposible cuando se trata de una cualidad comunitaria. Son abundantes los autores que han exaltado y definido una identidad aragonesa que, naturalmente ha de ser políticamente correcta y atractiva para las masas. Pero si hacemos una sencilla prueba, y ponemos en un escenario un aragonés, un castellano, un andaluz y un vasco, hemos de aceptar que como tipos humanos tienen muy poca o ninguna diferencia. Qué hacen pues diferentes las distintas identidades, y cuales son o han sido las que han engendrado nuestra identidad. Ramon Jose Sender, aragonés de Huesca, hizo interesantes aportaciones a la explicación de nuestras características identitarias. Sender fue muy crítico, porque nos recordó algunos de nuestros defectos como personas, que él consideraba responsables de nuestros problemas. El más grave es que somos terriblemente individualistas. Pero la otra cara del individualismo es que produce individualidades admirables, figuras insignes que resumen la gloria toda de Aragón. Acertó a definir a los aragoneses con una frase: «un pueblo sin disfraz, de personas sin máscara».

Los de fuera han valorado atributos colectivos como identitarios, y lo han hecho mejor que nosotros mismos.  Siempre tengo en mi memoria los Versos Sencillos de José Martí, el apóstol de la independencia de Cuba, que vivió en Zaragoza y se licenció en nuestra universidad en Derecho y en Filosofía y Letras en 1874. Aunque se licenció con sobresaliente, Martí no pudo recoger sus títulos porque no tenía dinero para que se los expidieran. La Universidad de Zaragoza corrigió esa situación a título póstumo en 1995. Escribió Jose Martí:

Para Aragón, en España, Tengo yo en mi corazón
Un lugar todo Aragón, franco, fiero, fiel, sin saña.

Estimo a quien de un revés echa por tierra a un tirano:
Lo estimo, si es un cubano. Lo estimo, si aragonés

Emocionante y sencillo. Aragón lo define como un lugar franco, fiero, fiel, sin saña. Y quien no se siente así, podrá decir que ha nacido o que vive en Aragón, pero no que es un verdadero aragonés. En mi caso, una vida dedicada a defender lo que pienso, luchando humildemente por la Libertad y la Justicia, y amando a mi tierra, como Martí, me hacen sentir profundamente aragonés. En la España de hoy, para conseguir cosas para nuestra tierra, Aragón ha de volver a ser como Martí lo veía. No es una cuestión de poder económico, ni de poder político, tampoco de manifestaciones populares porque hay que defender el Ebro o porque se murió Jose Oto o Jose Antonio Labordeta. Eso son cosas que también ayudan. Pero es sobre todo estar dispuesto a luchar por un país mejor, y digo luchar en el sentido estricto y personal de la palabra. Tal como la ejerció Gandhi. Ante cada injusticia colectiva concreta, ante cada abuso de poder, debe actuar una resistencia ciudadana que haga frente a cualquier miedo, a cualquier poder.

Hay pocas fórmulas y pocas ocasiones de manifestar nuestra identidad colectiva. En todo el mundo los ciudadanos cantan sus himnos nacionales. Aragón ha tenido varios himnos oficiales. La música del actual fue compuesta por Antón García Abril, y la letra fue obra de los poetas aragoneses Ildefonso Manuel Gil, Ángel Guinda, Rosendo Tello y Manuel Vilas. La mayoría de los aragoneses lo desconoce y casi nunca se canta. Esto es un déficit crucial. Durante mis años de residencia en Munich, me encantaba que la televisión de Baviera terminara todos sus programas con el Himno Bávaro.  Qué emocionante resultaba escucharlo. Tanto como «La Marsellesa» en Francia, el «Dios salve a la Reina» de los británicos o el inmenso y patriótico himno de amor de Rusia que dice:

Rusia, nuestra patria sagrada,
Rusia, nuestro amado país.
Una poderosa voluntad, una gran gloria
¡Son tu herencia por toda la eternidad!

Nuestro Himno de Aragón debería oírse al final de cada noticiario de nuestras radios y televisiones. Cuando el himno no nos mueve a un sentimiento de unidad, y a un amor a lo que somos, no genera identidad. A veces las canciones populares llegan más al corazón de los ciudadanos. Pienso en la descripción de Aragón que tantas veces hemos cantado:

Es Aragón rincón bravío

Lleno de extraña belleza

De alegría y de tristeza

De humildad y poderío

De dulzura y de rudeza

Yo me identifico con el Aragón cuya seña sea la que definió Tagore: el «Paraíso de la libertad». Y para conseguirlo nuestra identidad ha de ser la de ciudadanos siempre dispuestos a trabajar y luchar por una tierra mejor. Ese Aragón mejor, esa España mejor, es lo que quiero para todos mis compatriotas.

Antonio Germán Torres. Cierzo y bochorno