Uno de los fenómenos literarios de los últimos meses en varios países es el reciente libro de Keith Hayward, Infantilised (Londres, Constable). El autor es un académico danés, profesor en la Universidad de Copenhague, quien ha detectado una de las corrientes de fondo de nuestras sociedades contemporáneas: las etapas vitales se han vuelto difusas y ya no podemos hablar de la infancia, la adolescencia o la madurez como hace décadas. De hecho, ahora los jóvenes quieren ser adultos, mientras que las personas mayores se comportan cada vez más como adolescentes o como niños. La ausencia de un ciclo vital nítido y diferenciable en diferentes etapas, está provocando numerosos cambios en nuestras sociedades y está teniendo consecuencias en diferentes aspectos como los gustos culturales, la salud mental o los espacios públicos de convivencia. No es extraño ver a adultos que visten como adolescentes, de la misma manera que se «sexualiza» a los niños en edades muy tempranas, especialmente en las redes sociales.

Dentro de las distintas consecuencias, me gustaría detenerme en dos efectos de esta infantilización sobre la sociedad. El primero de ellos es la sobrevaloración de la juventud frente a la experiencia. Desde hace décadas, no sólo los jóvenes se han asociado a valores como el cambio y el futuro, sino que las personas mayores y sus experiencias están cada vez más denostadas. Vemos sistemáticamente como los debates públicos se resuelven con argumentos como: «ahora nos toca a los jóvenes» o «vuestro tiempo ya pasó». Una sociedad que no valora la experiencia de lo vivido, está condenada a la ignorancia. Es en la experiencia donde aprendemos y podemos reflexionar con más rigurosidad. Por ello, despreciar a las personas mayores por el mero hecho de serlas, empobrece a nuestras sociedades. Muy lejos quedan las conversaciones con nuestros abuelos, quienes nos contaban cómo era la sociedad que les tocó vivir. Las redes sociales están suplantando las narraciones de los mayores, especialmente entre los jóvenes.

El segundo de los efectos es la infantilización de nuestro debate público, especialmente en política. En muchas ocasiones, la discusión política se aproxima más a un cómic que a un debate serio y sosegado sobre el modelo de sociedad. Así, vemos a asesores de comunicación recomendando a sus clientes que hablen en términos de héroes y villanos. Los líderes se presentan como Batman y Robin frente a sus enemigos políticos, que son caricaturizados como Joker o el Pingüino. Todo se banaliza y se pierde seriedad en la discusión. Políticos y periodistas tratan a los ciudadanos como a niños, generando apariencias y emociones. La polarización no deja de ser una batalla de buenos y malos, donde no se escuchan los argumentos del diferente. Pero todo ello con un barniz infantil.

Y esta situación se está produciendo en países cada vez más envejecidos, con notables problemas de natalidad. Vivimos cada vez más, pero nos resistimos a envejecer o nos cuesta admitir que ser joven no siempre es un mérito. En lugar de valorar la madurez, deseamos volver a ser niños otra vez.

Esta infantilización de la sociedad lleva décadas produciéndose, desde los años 60, aunque ahora comenzamos a ser conscientes. Y no existen muchos remedios mágicos, puesto que está ampliamente extendida en todos los países. Sus consecuencias comienzan a ser letales. Fenómenos como Donald Trump no se entenderían sin esta infantilización de la sociedad, donde todo se banaliza y no se da importancia a valores como el conocimiento, la educación, la cultura o la experiencia.

Ignacio Urquizu. Diputado del PSOE en las Cortes de Aragón