«Inframundismo»... He estado dándole vueltas a este neologismo hasta quedarme bizca. Y no me refiero a que quisiera ser zombi (y miren que me gusta disfrazarme) ni a la invasión espeluznante, casi irritante, de los seres del inframundo que estos días han paseado entre nosotros. Lo que me ha quitado el sueño y dejado del revés esta semana es nuestra capacidad para reunir lo infrahumano y lo tercermundista en el transporte hasta normalizarlo. Viajar así, en el tren del horror, es «¡inframundista!», exclamó mi compañera Alba. A veces la indignación agota la paciencia y también el diccionario.
El caso es que la desidia en el ferrocarril me dejó tan ojiplática como las calabazas que hemos decorado para el colegio de mi hija, con sus ojos de luz saltones. Algunos brillan tan rojos que parecen salirse de sus órbitas de puro enfado en medio de la oscuridad. Hemos llevado más de cincuenta al cole y aun así nos faltarían caras de espanto para ilustrar los horrores de nuestro malogrado y único tren. ¡Y lo más inquietante es que los pasajeros hayan perdido la capacidad de asustarse!
Alba utilizó la línea Barcelona-Zaragoza durante sus estudios, como tantos amigos, familiares y vecinos de nuestros pueblos bajoaragoneses. Viajan al médico, a los centros escolares, al trabajo... Muchos jóvenes y mayores, que no tienen ni un WC público para realizar sus necesidades. Esta semana Alba se asomó a la ventana y vio por suerte un convoy averiado en Nonaspe. Estuvo inmovilizado más de doce horas. Pudimos contarlo gracias a eso. Nuestro archivo de incidencias prolongaría Halloween todo el año. Pasajeros atrapados durante horas sin agua, padres rescatando estudiantes porque el autobús alternativo no llegó, jóvenes sentados en el suelo, instalaciones de cochambre, cerradas, vacías, olvidadas.
Hay que pelear por nuestra conexión ferroviaria del Bajo Aragón-Caspe y el Bajo Martín, perdido aquel Val de Zafán por el que ahora pedaleamos. Frecuencias insuficientes, convoyes envejecidos y estaciones sin servicios ni personal. ¿Cuántos emplearíamos un tren útil si lo tuviéramos?
Los usuarios de la línea Barcelona-Zaragoza denuncian diferencias en la atención y el mantenimiento ferroviario entre el tramo catalán y el aragonés, ¡sorpresa! Tras Adamuz y Urda y las dimisiones del ministro de Transportes y del presidente de Adif, conviene exigir un cambio de modelo y que se mire también a los andenes de media distancia.
A falta de tren… ya saben, ¡nos queda la carretera! Nuestra bendita N-232, donde los sustos son constantes. El peor, hace unos días con la muerte de un motorista a la altura de la Estanca. Hay que aplaudir que los alcaldes se hayan unido por la A-68, con movilizaciones mensuales desde este miércoles en Fuentes de Ebro. Necesitamos obras hacia Valdealgorfa y alcanzar el Mediterráneo. Nuestras empresas y nuestra seguridad no pueden seguir esperando. Es una auténtica película de miedo en la que la realidad supera la ficción.
Ahora que pedirán nuestro voto, podrían esperar el tren con Alba, viajar hasta Zaragoza, y regresar por la nacional antes de prometernos inversiones. Las calabazas ya han dejado de dar miedo y han agotado su luz. Ojalá pudiéramos guardar también nuestros sobresaltos en infraestructuras en una caja hasta el próximo Halloween.
Eva Defior. Sexto Sentido

