En estos días ando dándole vueltas y vueltas a cómo ignoramos deliberadamente determinadas noticias a fin de poder posponer en nuestra cabeza las grandes injusticias y preocupaciones de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo.
En un mundo convulso donde cada cuál grita más, lo más sencillo para muchos es no escuchar ni a unos ni a otros, dando así por zanjado el tema. Pienso y pienso en cómo, incluso yo misma, veo cada vez menos el telediario, leo menos noticias y apenas escucho la radio. Y me pregunto: ¿por qué?
Los conflictos bélicos que rompen vidas, arrasan territorios, fulminan raíces. Las catástrofes naturales, los incendios que hacen arder nuestro país; las lluvias que acaban por destruir pueblos enteros. Los rifirrafes políticos, las medidas y medallas absurdas, la burocracia traicionera e infinita. La inmigración, la crisis de la vivienda, el complejísimo contexto internacional. La crisis de identidad y valores que sobrevuela la vieja (o nueva) Europa; y el afán desmedido por llevar el capitalismo a sus límites.
No son estos temas lejanos, ni debates teóricos. Son amenazas concretas a la vida que conocemos. Y sin embargo, nosotros –pequeños, frágiles, agotados– les dedicamos tan solo una mirada rápida, como quien observa el cielo estrellado y solo alcanza a ver puntos brillantes, sin detenerse a pensar en todo lo que arde detrás.
Sin embargo, sí nos atrevemos a levantar la voz por las pequeñas injusticias. Aquellas que atacan y colman nuestro día a día. Porque afectan a un presente que sí entendemos, que sí abarcamos.
Las pequeñas injusticias son nuestras, y debemos velar por ellas. Estoy de acuerdo. Pero, ¿por qué no sentimos lo mismo por las grandes? ¿Por qué creemos que no nos corresponde denunciarlas?
Ahí quedan esas preguntas. Para quien quiera leer.


Efectivamente, hay muchos por que. No se si somos cobardes y no nos queremos posicionar o de verdad estamos cada día más helados.
👏
Vivir y dejar vivir esa es la cuestión.