En mi casa, cuando estamos muchos, se suele lanzar al aire una pregunta típica de sobremesa y Trivial: ¿Cuál es el mejor invento del mundo? La cama y la siesta ganan por goleada a otros muchos, aunque el váter le sigue de cerca. Si lo preguntáramos estos días, en plena ola de calor, seguramente la respuesta sería un aparato de aire acondicionado, un ventilador o incluso un abanico de cartón. Todo sabe a poco para aliviar cuarenta grados.

Ni la rueda, ni la imprenta, ni el fuego, ni siquiera la electricidad (y eso que acabamos de comprobar que nos volvemos locos cuando nos quedamos sin ella durante unas pocas horas) o la penicilina superan al maravilloso invento del aire acondicionado, que llegó a España en los años treinta del siglo pasado y se instaló por primera vez, como no, en el Congreso de los Diputados.

Las recomendaciones para el verano son muchas: echarnos protector solar, hidratarnos por fuera y por dentro, llevar ropa ligera, salir solo a primeras o últimas horas del día, ponernos gafas de sol, estar mucho a remojo en la piscina, bajar las persianas, cerrar las ventanas… incluso meter unas bolitas de papel de aluminio en el congelador para optimizar sus funciones y que enfríe más y mejor.

En cambio, a veces no es suficiente y la gota de sudor cae al mismo tiempo que aumenta la mala leche. Según los expertos, el calor sí afecta al estado de ánimo, aumenta la irritabilidad y agresividad de las personas, y también el letargo. Así que el verano está repleto de personas de vacaciones, pero demasiado enfadadas o cansadas para disfrutar de sus días libres.

Los esclavos de los egipcios fueron los primeros en intentar refrigerar el palacio de los faraones. Desmantelaban las paredes del palacio por la noche, las desplazaban al desierto del Sáhara, donde las temperaturas eran menores, y las devolvían a su sitio por la mañana. Así el faraón disfrutaba de veintiséis grados en lugar de cuarenta.

Pese a los mismos cuarenta grados o incluso más, no nos imagino moviendo piedras por las noches. Ni siquiera estaríamos dispuestos a cubrirnos la piel con barro, como hacen en algunas regiones de África para aliviar el calor de manera efectiva. A los españoles, mejor darnos una jarra helada de cerveza y el derecho a quejarnos sin descanso. Que eso no quita grados, pero libera mucho.

Feliz verano.

Cristinica Gómez. Cosas de locos