El principal objetivo de Washington en Irán no es destruir al régimen político. Su principal objetivo es bloquear el flujo energético que pasa por el estrecho de Ormuz. Y, con ello, causar una crisis económica que frene a China por la disrupción en la cadena de suministro energética mundial.
El Pentágono tiene desde hace casi una década una obsesión estratégica bastante clara: China. Irán o Rusia solo son enemigos secundarios. China es el verdadero oponente. Pues la potencia asiática es el único actor que puede disputar a Estados Unidos el liderazgo económico global en las próximas décadas.
Pero China tiene una debilidad estructural bastante incómoda: fabrica casi todo, pero importa gran parte de su energía y materias primas. Ahí es donde aparece Oriente Medio.
Irán, junto con las monarquías petroleras del golfo Pérsico, forma parte de la red que suministra gas y petróleo (40-50%), fertilizantes agrícolas, sulfuro o helio para la fabricación de semiconductores (80%) al gigante asiático. Al mismo tiempo, al cerrar el régimen iraní el estrecho de Ormuz, se produce un efecto látigo (bullwhip) que se va amplificando en toda la cadena productiva mundial, produciendo una desestructuración sistémica de la economía. Teniendo especial gravedad en Asia. Podemos intuir que el Pentágono trazó un plan principal junto a otro de contingencia por si fallaba el primero. El Plan A consistía en descabezar la dirigencia política en Irán y hacer colapsar la soberanía del país, afectando esto a la economía de Pekín.
El problema es que Irán lleva décadas preparándose para ese escenario. Sanciones, presión internacional y amenazas militares forman parte de su paisaje político habitual, así como de su estrategia militar descentralizada (guerra mosaico y asimétrica). Por no hablar del componente idiosincrático basado en su figura religiosa (chiismo) fundamental: Hussein, nieto del profeta Mahoma. Este personaje religioso e histórico se enfrentó convencido de su legitimidad a un ejército inmensamente superior en la batalla de Karbala (680 d. C.), rechazando cualquier posibilidad de rendición o retirada pese a la imposibilidad de victoria. El asesinato de Khameini como la dirigencia iraní se legitimizan identificándose con este arquetipo mártir, mientras que su desaparición cohesiona y fortalece al país en vez de desmoronarlo.
Así que se ha pasado al Plan B. Al no colapsar el país, Irán ha adoptado la estrategia de resistir cerrando el estrecho de Ormuz. Esto es una bomba económica, como hemos dicho. Precios energéticos disparados, imposibilidad de producción de semiconductores, inflación alimentaria, crisis económica y frenazo a la globalización que estaba ganando China y de la que depende, en buena medida, su economía exportadora.
Estados Unidos, en comparación, sufriría en menor medida con el golpe. Produce y exporta una gran cantidad de gas y petróleo. Ya no digamos ahora, tras detener a Maduro y pactar con el chavismo restante. Pues los precios tan altos de los hidrocarburos hacen rentable (80 dólares el barril) el mayor depósito del mundo de petróleo (esquisto) situado en Venezuela. En una crisis energética global, a Washington es al que mejor, dentro de lo malo, le va a ir. Canibaliza el mercado de sus aliados —o siervos, según se mire— árabes, y exprime hasta el último euro a los europeos, mientras que se frena la expansión de los productos chinos por sus altos costes.
Así que el fracaso del Plan A quizá no sea exactamente un fracaso. Más bien un escenario contemplado de antemano. Algo que ya tiene sus antecedentes en la ruptura de los lazos energéticos entre la Unión Europea y Rusia con la guerra de Ucrania y la redirección de cientos de miles de millones de euros de capitales, flujos energéticos e industrias continentales hacia el mercado americano.
Esta situación solo hace que recordarnos uno de los pilares de la cibernética: «un sistema no es lo que explícitamente declara, sino lo que hace». O, como dirían los chinos: «señalar a un ciervo y llamarlo caballo" (指鹿为马) es una de las mejores tácticas para conseguir lo que quieres».
En definitiva, aquí no gana necesariamente el que más crece. Gana el que consigue que la crisis económica arruine antes al competidor.
Pablo Herrera. Profesor de Geografía e Historia


Buena reflexión, Pablo. Los ejemplos recientes de Irak y Libia presagian que la intervención militar externa no resuelve los problemas internos, al revés, los tensiona y amplía. Así, que a ver cómo evoluciona la economía mundial sin perder de vista que lo prioritario es la vida.
Vende geopolítica como si fuera un guion de Netflix en el que todo está previsto, todo sale bien y si no, también era el plan. Lo del “Plan A / Plan B” del Pentágono es un acierto pleno, ocurra lo que ocurra, siempre confirma su teoría, así que no demuestra nada. Presenta el estrecho de Ormuz como arma de EE. UU. cuando su prioridad histórica ha sido justo mantenerlo abierto. Infla datos sin respaldo para aparentar rigor y mezcla la batalla de Karbala con estrategia moderna como si fuera lo mismo. Es mucho más un relato épico que un análisis serio.