En el ámbito financiero, como en la vida, conviven dos formas aparentemente opuestas de interpretar la realidad. Por un lado, están quienes creen en el karma: la idea de que cada acción tiene una consecuencia, de que lo que sembramos hoy inevitablemente dará forma a nuestro mañana. Por otro, quienes creen en el destino: en la inevitabilidad de ciertos resultados, en ciclos que se repiten independientemente de nuestras decisiones individuales.

Esta misma dualidad se refleja en los mercados. Hay inversores convencidos de que nos encontramos en la parte alta del ciclo económico, próximos a un techo que dará paso a una corrección. Observan valoraciones exigentes, políticas monetarias restrictivas pasadas y ciertos signos de agotamiento, y concluyen que el ajuste es cuestión de tiempo.

Frente a ellos, otros interpretan el momento actual como un simple bache. Confían en la resiliencia de la economía, en la capacidad de las empresas para adaptarse y en que el crecimiento continuará una vez superadas las tensiones coyunturales.

A primera vista, ambas posturas parecen irreconciliables. Sin embargo, ocurre algo similar a lo que sucede con el karma y el destino: no son conceptos opuestos, sino complementarios.

El «destino» del mercado puede entenderse como la existencia de ciclos económicos que, de forma inevitable, atraviesan fases de expansión y contracción. Ignorar esta realidad sería un error. Pero, al mismo tiempo, el «karma» financiero —las decisiones que tomamos como inversores— influye de manera directa en nuestros resultados dentro de esos ciclos.

Un mismo entorno macroeconómico puede generar resultados muy distintos según cómo se gestione. Aquellos que invierten con disciplina, diversificación y visión a largo plazo pueden capear mejor las fases de volatilidad e incluso convertirlas en oportunidades.

Por eso, discutir si el mercado está en un techo o atravesando un bache puede ser menos relevante de lo que parece. Lo verdaderamente importante es entender que ambas visiones contienen parte de verdad. Los ciclos existen, pero la manera en que cada inversor actúa dentro de ellos es determinante.

Al igual que en la vida, no se trata de elegir entre karma o destino, sino de comprender que ambos forman parte de una misma realidad. En los mercados, aceptar esta dualidad permite construir estrategias más sólidas, alejadas de extremos, y centradas en lo único que realmente está bajo nuestro control: nuestras decisiones.

Raúl Cirugeda Conejos. Caja Rural de Teruel