Andorra llegó a rozar los 9.000 habitantes en los años 80 al calor, nunca mejor dicho, de la central térmica y la minería del carbón. En la actualidad, con 7.223 vecinos en 2025, arrastra la herida abierta de un modelo que se apagó sin que nadie encendiera una alternativa real. Más de 1.500 personas se han quedado en el camino. Y, sin embargo, continúa siendo la tercera población de la provincia. No es un dato menor: es una llamada de atención.
Antes de que la chimenea —ese icono vertical de nuestra historia reciente— fuera condenada a desaparecer, existió una idea distinta. No una ocurrencia, sino una propuesta con alma y visión. El artista Miguel Ángel Arrudi imaginó un teleférico en espiral ascendiendo sus casi 350 metros, convirtiendo un símbolo industrial en un mirador de futuro. Cabinas para doce personas, espacios de restauración y una panorámica única del Bajo Aragón y las Cuencas Mineras. Una forma de transformar el final en oportunidad.
No era solo turismo. Era dignidad.
Anteriormente ya imaginó el aprovechamiento de las tres calderas, que se podrían haber convertido en equipamiento social y cultural de estilo brutalista.
Recuerdo bien cuando me explicó todo el proyecto, siendo yo todavía concejal de CHA en Andorra. Había en aquella propuesta algo más que estética: había relato, identidad y posibilidad de desarrollo. El Rolde de Estudios Aragoneses intentó también impulsarlo, pero el silencio institucional fue más alto que la propia chimenea.
Endesa tenía otros planes, aferrada a su «nudo mudéjar», más pendiente de infraestructuras energéticas que de territorios vivos. Y las administraciones —locales, autonómicas y estatales— volvieron a enredarse en sus inercias, en sus tiempos lentos, en sus disputas estériles. Nadie quiso arriesgar. Nadie quiso mirar más allá del cierre. Así murió el proyecto. Y en 2023 también nos dejó Arrudi.
Hoy, cuando la chimenea ya no está, antes estuvo demasiados años condenada a no estar, queda la sensación de que se perdió una gran oportunidad. No porque aquella idea fuera perfecta, sino porque representaba justo lo que no hemos sabido hacer: imaginar un futuro propio, singular, valiente.
Andorra no necesita nostalgia. Necesita proyectos que conviertan su pasado en motor, no en lastre. Porque si algo nos enseñó aquella chimenea es que incluso lo más alto puede derrumbarse. Pero también que, si hay voluntad, el futuro puede volver a elevarse, aunque sea de otra manera.
Marco Negredo. CHA / Cuencas Mineras


y claro pagando ese coste los aragoneses por tu capricho de concejal de Andorra o de Montalbán o de donde quieras ser
ya tenemos bastante con mantener motorland cómo para mantener eso también
Hola negredo vas un poco tarde con respecto a las torres de refrigeración y a la chimenea de Andorra.A esa centra térmica se hacian visitas guiadas tanto a colegios como a asociaciones de mayores para explicarles como se producía la electricidad a alguna de ellas participe yo el Miguelón.Me toco discutir algunos ciudadanos de Andorra que abria que hacer concentraciones y protestas contra la decisión de derruir ese patrimonio industrial de Aragón.Bueno no os canso más.Un Saludo y Salud