Un fenómeno vivido en muchas ciudades europeas ha sido la huida de sus habitantes del centro histórico a nuevas áreas urbanas cada vez más lejanas. En todos los casos, el cambio admitía dos actuaciones: la primera era conservar lo viejo, lo que casi siempre era una invitación al abandono; la segunda era modernizar y recuperar la vida de sus ciudadanos.

Pienso en Zaragoza, mi ciudad, que durante muchos años fue capaz de modernizarse y de modernizar su casco histórico. Lo demuestran actuaciones exitosas como sus calles: Alfonso I, Don Jaime o San Vicente de Paúl.

La calle de San Vicente de Paúl, la de los tres colegios (los Maristas, las Paulas y el Grupo Escolar López Ornat), se convirtió por fin en una realidad. Desde mucho tiempo atrás, la ciudad había planeado la apertura de una nueva vía que uniera el Coso con la ribera del Ebro, similar a la calle de Don Jaime I. Por el lado del Coso zaragozano ya existía la calle de la Yedra que llegaba hasta la de Santo Dominguito de Val, pero para completar la apertura de la nueva calle era necesario derruir un buen número de casas, lo que significaba la desaparición de edificios y rincones muy relevantes de la historia zaragozana. El que fue mi colegio, el de los Maristas, es hoy propiedad de la Diputación General de Aragón.

Algún cronista zaragozano escribió a finales del 1969 que la calle era nueva, pero el espíritu de las callejuelas que nutrieron su ser y que fueron: Cíngulo, Conde de Alperche, Chantre, parte de Garro, Graneros, Grillo, Laberinto, Lezaún, parte de Monserrate, Olivo, plaza de la Cebada, plazuela de la Leña, plazuela del Reino, plazuela de Talayero, plazuela de Tejedores, Red, Retiro, Rosa, Sartén y Yedra todavía estaba bien presente. He citado el año 1969, porque fue el último que yo viví en San Vicente de Paúl. Y cito todo lo que desapareció para dar idea del mérito y la dificultad de lo conseguido.

En los últimos años, los grandes cambios en Zaragoza han llegado gracias a los nuevos puentes: el Puente de Santiago, el Pabellón Puente, el Puente del Pilar y alguno más. Han evitado construcciones inadecuadas y han limpiado la ciudad en áreas que sin ellos no se hubieran modernizado.

Desafortunadamente aún no ha conseguido el apoyo necesario para la obra magna de la ciudad: la prolongación del Paseo de la Independencia hasta la Plaza del Pilar. Un continuo de parches y de renuncias han impedido que tuviéramos una gran avenida, que recuperara y diera valor a la ciudad clásica. Unas piedras por muy romanas que sean no deberían impedir lo necesario; su destino habría de ser un museo histórico. No es lo mismo viejo que antiguo, valioso que útil. La inacción y la confusión expulsarán a los pocos zaragozanos que aún resisten en los callejones y en las casas que poco a poco se derrumban.

Mi Bajo Aragón, y su capital Alcañiz, me convencen de la necesidad de hacer algo ambicioso para corregir el mismo abandono de su casco viejo. El futuro de Alcañiz no lo arreglará ni un nuevo tren, que ya lo tuvo, ni una nueva autovía, sino la recuperación de los atractivos de una ciudad moderna. Ahora que va a desaparecer el viejo hospital, la Avenida de Aragón sufrirá un vaciamento comercial muy acusado, y los espacios situados entre la avenida y el Muro de Santiago se degradarán más de lo que ya están.

Sueño con un Alcañiz que, como una estrella, se urbanice con nuevas avenidas cuyo centro ha de ser el Castillo Calatravo, y que permitan un acceso fácil a cada rincón de la ciudad. Donde ahora hay cuestas debe haber accesos pensados para niños y viejos. Un primer paso podría ser instalar escaleras automáticas hasta que un nuevo plan de urbanización abra la montaña en todas las direcciones y el transporte público la convierta en una realidad deseable.

Antonio Germán. Ingeniero y empresario