No debemos creer que es español todo lo acaecido en la tierra llamada hoy España. El pasado de un pueblo aparece como una continuidad ininterrumpida en un espacio geográficamente estable. Como la escena de la historia nunca está desierta, el espectador cree ingenuamente que los actores siguen siendo los mismos. Para comprender esta afirmación de Américo Castro conviene atender a la evolución etimológica del término España, que como señalamos en el artículo anterior, en sus inicios se refería a la geografía de la península Ibérica.
Sobre el término I-spn-ya existen diversas hipótesis muy debatidas. Se ha interpretado como «isla de los conejos», «isla de los forjadores» y como «tierra oculta». Fuera cual fuese su significado, uno de los antecedentes más evidentes lo encontramos en el vocablo latino Hispania que, como el griego Iberia, designaba el Finis Terrae respecto al mundo antiguo. Con la conquista romana, el término adquirió connotaciones políticas: Hispania ya no era solo una porción de tierra lejana, sino una provincia del Imperio.
Ya en la Edad Media, Isidoro de Sevilla describía a Hispania en su Laude Hispaniae (h. 624 d. C.) como «la más bella, madre de pueblos», rica en frutos, viñas y caudalosos ríos. Aquí no solo se elogiaba una tierra maravillosa, sino también a la monarquía visigoda, vinculando así territorio y poder.
Con la irrupción del islam en la península, a las identidades políticas se añadieron identidades religiosas. Este proceso se acentuó en los inicios de la Edad Moderna, cuando, con la culminación del concepto historiográficamente deformado de «Reconquista», los cronistas de los Reyes Católicos continuaron aportando a la identidad religiosa y política.
Más tarde, en 1601, se tradujo al castellano la Historia general de España del jesuita Juan de Mariana. Allí, lo que en latín era Hispania pasó a llamarse «España» y los que eran Hispani se convirtieron en «españoles». Mariana, que se nutrió en gran medida de San Isidoro, influyó enormemente en otra Historia general de España (1850-1869), la del gran historiador decimonónico Modesto Lafuente.
En definitiva, a lo largo de los siglos cronistas e historiadores fueron forjando una identidad cristiano-dinástica en torno al concepto geográfico. Esto dio lugar a una apariencia de antigüedad que, como veremos, sirvió a los historiadores del siglo XIX como base para dotar de legitimidad al recién creado Estado liberal.
David Palacios. CHA Utrillas

