Cuando escuchamos hablar de nacimiento, muerte y resurrección, solemos pensar en Jesucristo. Sin embargo, este ciclo, al que Álvarez Junco denominó como «paraísos, caídas y redenciones», también es característico de las Historias Nacionales: herramienta imprescindible para la forja de una identidad nacional.

Un elemento clave de estos relatos en España es la mal denominada Guerra de la Independencia (1808-1814). Para los historiadores decimonónicos, este suceso representó un nuevo eclipse, ya que la nación «eterna»indomable, diría García Cárcel— ya había sido sometida y recuperada en diversas ocasiones.

Los españoles, gracias a su naturaleza valiente y guerrera, siempre resultaban victoriosos. Un pueblo unido en la resistencia ante un enemigo —algunas veces externo, otras interno— que ya había luchado contra los romanos en Sagunto y Numancia (prefiriendo morir antes que rendirse), contra los musulmanes durante casi ochocientos años de ocupación, e iba a hacerlo ahora contra el invasor francés y los afrancesados.

Se trata de un marco exagerado que confunde el sujeto de la acción histórica, considerando todo lo acaecido en la península como Historia de España y al pueblo español como su protagonista. A menudo en clave de lamento, como a finales del siglo XIX con la pérdida de las últimas colonias de la monarquía, cuando España se representaba como una Mater Dolorosa, como una madre que reclamaba el amor de sus hijos.

Mención especial merece, por su peso en el relato tradicional, la mítica batalla de Covadonga: un relato que recuerda al de los trescientos espartanos en las Termópilas. Allí, unos pocos cristianos vencieron a un numeroso ejército de musulmanes gracias a la intervención —ni más ni menos— que de la mismísima Virgen María. Aunque los historiadores del XIX depuraron algunos de estos mitos, fueron recuperados por el franquismo en el siglo XX.

Para grandes batallas, grandes héroes —y mártires. Figuras altamente mitificadas como Viriato, el Cid Campeador, el apóstol Santiago (patrón de España, que decapitaba sarracenos a lomos de un caballo blanco), Palafox o incluso el Caudillo de España «por la gracia de Dios» ocuparon un lugar central en estos relatos.

En resumen, las Historias Nacionales iniciadas en el siglo XIX siguieron un patrón de nacimiento, muerte y resurrección que exaltaba batallas y héroes para consolidar un imaginario colectivo épico: el de una nación fénix destinada a renacer de sus cenizas una y otra vez.

David Palacios. CHA / Utrillas