Para terminar con esta serie, hoy quiero hablar de otros ingredientes culturales imprescindibles para la arquitectura de España y su identidad.

La importancia de la literatura se plasmó en la creación de asociaciones y reales academias que recuperaron textos considerados clásicos españoles, como por ejemplo la edición del Cantar de Mio Cid. Ya desde la Guerra de la Independencia se apostó por la literatura como arma movilizadora. Más tarde, destacan los Episodios Nacionales de Galdós y algunas obras de Unamuno en las que, a través de la lengua, buscó el espíritu histórico castellano. Desde el teatro, con la zarzuela, el género chico y la ópera también se creó identidad; ejemplo de ello es la obra La conquista de Granada (1850).

Respecto a la pintura de historia, Pérez Vejo definió al pintor del XIX como «un profeta social». En las Exposiciones Nacionales las obras se consideraron casi como imágenes históricas reales. Destaca el uso de Los fusilamientos de Goya y la creación de obras posteriores como El último día de Numancia de Alejo Vera o La rendición de Granada de Francisco Pradilla.

Como ha señalado Ignacio Peiró, la industria de la conmemoración fue clave. Los espacios públicos se convirtieron en auténticos «altares de la patria» visibles en el nombre de las calles —por ejemplo, Dos de Mayo— y en la gran cantidad de monumentos construidos desde el siglo XIX. Ya en el siglo XX podemos nombrar, por citar alguno, la Plaza de España en Sevilla o el monumento al rey Fernando el Católico en Zaragoza. Destacan también las conmemoraciones de eventos históricos como son los centenarios del «descubrimiento» de América o los del Compromiso de Caspe, entre otros.

Por último, la fiesta y la cultura popular también crearon y crean identidad. El toreo simbolizaba valentía porque los españoles podían «lidiar contra toros o contra moros, lo mismo daba». Así, bailes y espectáculos —también, desde su invención, el cine— mezclaban entretenimiento y política. El flamenco, por ejemplo, que había nacido en lo íntimo y lo marginal, terminó por nacionalizarse. Con el fútbol, desde los primeros partidos de liga en 1928-29 y principalmente con los mundiales, se contribuyó y se contribuye al reforzamiento de una comunidad imaginada ya no solo por la élite política e intelectual, sino también por unas masas cada vez más entretenidas, educadas e interconectadas.

David Palacios. CHA / Utrillas