A día de hoy resulta difícil no comprender el mundo a través de una pantalla, y lo que más muestra esta es lo que define nuestro mundo. Si nos paramos a pensar en una palabra que se repita constantemente, la respuesta es rápida: violencia. En todas sus facetas, comprendida en diversos contextos, pero violencia al fin y al cabo.

Nuestro vocabulario, cine, literatura, educación, vida diaria y un largo etcétera están llenos de ella. El ejemplo se personaliza en todo tipo de figuras, hasta normalizar las faltas de respeto constantes, incluso en un lugar como un Congreso de los Diputados, donde la educación debería brillar por su presencia, no por su ausencia desmedida.

¿Cuál es el género que más se repite en el cine? Asesinatos, y si son casos reales y retorcidos, mejor. ¿Cuál es una de las temáticas que más atención recibe en los noticieros? Las guerras, los robos, las agresiones.

Tenemos un problema claro, nuestros ojos se han acostumbrado. Años atrás, Psicosis conmocionó a sus espectadores, una película donde todo se comprende, pero nada se ve. Hoy en día cualquiera puede cenar tranquilamente viendo escenas realmente cruentas.

La última serie del momento habla de un personaje especialmente sádico. El reality de moda consigue su fama por intensos arrebatos de furia y descontrol emocional. La ira es parte de nuestro día a día y la contención se va convirtiendo en algo del pasado.

¿El principal problema? La violencia genera más violencia. Se está educando culturalmente con la reacción visceral y la respuesta en forma de fuerza física o verbal.

La cultura de violencia que nos impacta de ciertos países traspasa con facilidad nuestras fronteras. Los filtros están disminuyendo y, aunque existen imágenes necesarias para que ciertas verdades se conozcan, entrenar al ojo con desgracias solo consigue normalizar algo que de cotidiano debería tener poco.

Normalización es la palabra clave, convertir en común algo que no lo era. Puede ser positiva o negativa, en función de si su aplicación ayuda a la sociedad a avanzar o a degenerar.

Esto me recuerda a una frase de mi madre: «No hay que confundir sinceridad con falta de educación». Aunque también dice que con los años el mal carácter se suaviza. Ya vemos que en ese caso su verdad no es tan cierta como parece. Para ser más exactos, con los años parece que la violencia la sociedad solo la interioriza.

Esperanza Estévez. Huellas de palabras