San Juan de la Peña no es únicamente un monasterio ni un espacio natural. Es uno de los grandes símbolos históricos de Aragón, un lugar ligado al nacimiento y construcción de nuestra identidad y un patrimonio que tenemos la obligación de transmitir a las próximas generaciones. Estamos hablando de la cuna del Reino de Aragón.

El incendio de Las Peñas de Riglos ha demostrado hasta qué punto este enclave es vulnerable. Las llamas alcanzaron su entorno inmediato, afectaron a las inmediaciones de San Juan de la Peña y Peña Oroel y llegaron a poner en grave peligro los dos monasterios. No podemos esperar al próximo incendio para volver a preguntarnos qué podría haberse hecho antes.

Aragón necesita pasar de una política basada fundamentalmente en la extinción a una verdadera cultura de prevención y protección permanente de su patrimonio histórico, cultural y natural. Así lo hemos firmado en el acuerdo del Gobierno de Aragón.

Es preciso que regrese el sentido común, alejarse del fanatismo climático y recuperar actuaciones durante todo el año: limpieza y gestión forestal del entorno, creación y mantenimiento de áreas estratégicas de defensa, mejora de accesos para vehículos de emergencia, depósitos y puntos de abastecimiento de agua, vigilancia mediante cámaras y sistemas tecnológicos de detección temprana y revisión permanente de las vías de evacuación. Es decir, todo aquello que las políticas de Pedro Sánchez y Teresa Ribera decidieron abandonar al someterse a la Agenda 2030.

San Juan de la Peña ya sufrió un devastador incendio en 1675. Tres siglos y medio después, la historia nos vuelve a advertir. Proteger San Juan de la Peña no es proteger unas piedras. Es proteger una parte esencial de Aragón. Y la prevención debe comenzar cuando termina el incendio, no cuando empieza el siguiente.

Carlos Andreu. Vox / Alcañiz