En el Bajo Aragón llevamos años viviendo entre dos mundos: el de la despoblación y el de la promesa del progreso. Primero fue la minería, luego la industria, que nunca acabó de llegar del todo, y ahora se nos presenta la transición energética como la gran oportunidad.

Sin embargo, basta observar con algo de detenimiento lo que ocurre en nuestros campos para entender que, más que una oportunidad, estamos siendo víctimas de un nuevo tipo de expolio: el energético. Isaac Moreno Gallo, ingeniero civil e historiador, expone en sus redes sociales, a través de datos y mapas reales, que las renovables no se están desplegando allí donde son más eficientes, sino allí donde es más fácil imponerlas. Es decir, en comarcas y regiones con baja densidad de población, con menor capacidad de respuesta ciudadana y, en muchos casos, con ayuntamientos con recursos limitados para hacer frente a macroproyectos presentados como súper-inyecciones.

Desde hace años, vemos cómo parques eólicos, huertos solares y ahora, disfrazada de avance tecnológico, invaden nuestros paisajes sin apenas planificación territorial real. No se trata de estar en contra de las renovables o de nuevas tecnologías energéticas. Se trata de que todo esto se está haciendo a espaldas del territorio, sin una evaluación integral que tenga en cuenta la riqueza agrícola, paisajística y cultural de la zona. En nombre de una transición verde, se destruyen bancales centenarios, se alzan torres sobre masías históricas y se despliegan kilómetros de líneas de evacuación eléctrica que parten nuestros campos como cicatrices sin sutura.

Lo más sangrante es que muchas veces estos proyectos se presentan como inevitables. Nos dicen que, si no los acogemos nosotros, vendrán otros. Pero esta lógica del miedo ya la hemos escuchado antes. La diferencia ahora es que se reviste de discurso ecológico, cuando en realidad se están perpetuando las mismas dinámicas de desigualdad territorial de siempre.

El Bajo Aragón no puede convertirse en el vertedero visual y ecológico de las zonas urbanas que consumen la energía que aquí se genera. No podemos aceptar que nuestro territorio sirva solo como lugar de paso o de producción, sin voz propia en el diseño de nuestro propio futuro.

La energía del futuro debe estar al servicio de las personas, no a costa de ellas, y eso implica un cambio de modelo profundo hacia uno más pequeño, más distribuido y más participativo. Proyectos energéticos a escala humana, donde los beneficios se queden en los pueblos, donde haya participación ciudadana real y donde el respeto al paisaje y a la vida rural no sean meras notas a pie de página en informes técnicos.

También implica que desde nuestras instituciones comarcales se asuma un papel activo, valiente, capaz de decir «sí» solo cuando el proyecto suma y «no» cuando amenaza con restar.

El Bajo Aragón no puede vivir de espaldas a la transición energética, pero tampoco puede morir en nombre de ella. Necesitamos un equilibrio que hoy no se está garantizando. Somos una tierra con historia, con cultura agraria viva, con pueblos que aún laten aunque lo hagan más despacio. No podemos permitir que se silencien esos latidos con torres, placas y promesas que suenan bien en el papel, pero que sobre el terreno se traducen en más desequilibrio.

Debemos tomar conciencia, no para frenar el progreso, sino para exigir que ese progreso tenga rostro humano, corazón rural y raíces profundas en la tierra que pisamos. Porque si no defendemos hoy nuestro territorio, mañana no quedará nada que defender. La energía del futuro no puede destruir el territorio del presente.

Daniel Sancho. Graduado en Ciencia Política y Administración Pública