La incertidumbre no nos mata, pero algunas veces está a punto. La falta de certeza nos pone nerviosos y no sabemos qué hacer con ese runrún que no cesa en nuestra cabeza y nuestro estómago. A algunos hasta les salen ronchas o se contracturan de cabeza a pies, y es que la espera desespera mucho. ¡Cuánto nos gustaría predecir el futuro y tener siempre el control!
Saber si va a llover el día de tu boda, si van a contratarte o no, si has aprobado o suspendido, si le gustas o le gusta otra persona, si la intervención quirúrgica ha salido bien o mal, si el resultado es positivo o negativo, si es niño o niña, en qué recóndito pueblo te tocará (si eres maestro) este próximo curso… Da igual la hipótesis, hasta que no lo sepas, estás jodido.
La incertidumbre no suele depender de uno mismo y poco podemos hacer para adelantar o influir en los resultados. Además, barajamos millones de factores incontrolables que pueden variar el proceso, convirtiendo esos minutos, horas o días de espera en una experiencia agotadora. Esa falta de certeza se torna en inquietud, inseguridad, malhumor, desasosiego, indecisión, sospecha, preocupación, bloqueo mental e incluso en insomnio, ansiedad y estrés. Como toda emoción mal gestionada, no trae nada bueno.
El ser humano necesita sentirse seguro y confiado, pero convivimos con la incertidumbre en lo personal, profesional y social. Ni siquiera sabemos cuándo y cómo dejaremos de respirar, ¿hay mayor incertidumbre que esa? La duda es parte de la vida, ocurre todo el tiempo y en cualquier situación. Por eso nos pasamos los años intentando crear, sin saberlo, espacios de certeza donde poder encontrar, si no respuestas, al menos algo de tranquilidad.
Dicen los expertos que la clave de la felicidad radica en asumir que la incertidumbre es parte de la vida y dan consejos para llevarla mejor: centrarse en el presente, establecer metas a corto plazo, buscar apoyo social y, añado, escucharnos para que el mal trago pase cuanto antes. Poder verbalizar la incertidumbre, que te escuchen y validen tu emoción, es primordial para llevarla con mucha más soltura. Lo que inquieta, consume; lo que se comparte, se aligera. A veces, hasta se diluye.
La incertidumbre también puede ser el motor para seguir investigando, para innovar, para aprender a adaptarnos a una vida que es constante cambio. Quizá hasta podríamos verla como una oportunidad y que nos sirva de motivación.
Cristinica Gómez. Cosas de locos

