Pese a los años de incompetencia, desigualdad entre socios y una muy pobre labor didáctica, el proyecto de integración entre naciones más importante y desarrollado del mundo sigue siendo la Unión Europea. Ese mal tan español, la endofobia, ha ido en franca expansión por media Europa, corroyendo en parte los cimientos de la unión. Los europeos hemos asumido mantras como que nuestro futuro es el de ser un parque de atracciones de la historia, seguimos siendo incapaces de generar una fuerza defensiva propia de garantías, Estados Unidos es el verdadero soberano principal de la mayor parte de nuestras naciones. El cambio es que, incluso aunque somos fieles lacayos de sus pedidos y a veces acompañantes ciegos de sus acometidas, no les es suficiente.

Tenemos un problema de base, y es que seguimos sin comprender quién es Trump. Pensemos una cosa: hay un momento en la vida, especialmente cuando la gente va cumpliendo años, que va ganando la libertad de hacer o decir lo que quiera, ya no es necesario medir tus palabras y las consecuencias de tus actos nada tienen que ver con antaño. Trump se encuentra en esa fase, elevada a la máxima potencia. Es un hombre que hace y dice lo que quiere, que para colmo tiene el ejército más poderoso del mundo a su servicio. Ahora mismo, Trump es el típico borracho agresivo un sábado por la noche, lo contemplas desde dentro del bar como grita desde fuera y pide que salgan a pelear contra él. Es tan grande y está tan exaltado, que nadie se atreve a salir. De hecho, hasta ahora lo que se ha hecho solo ha servido para envalentonarlo más: da igual docilidad o confrontación, su respuesta siempre ha sido la pelea.

Los contrapoderes están dinamitados por completo y, aunque fuerte por su estado de excitación, detrás de todo se esconde una fragilidad interna brutal en una sociedad que va camino a la autodestrucción.

El mundo que hasta hace dos telediarios tenía un escenario similar al de la Primera Guerra Mundial, con multitud de potencias reivindicando su espacio, empieza a ser cada vez más bipolar, con solo dos agentes de relevancia: Estados Unidos y China.

Y aquí viene el verdadero problema de Europa: mientras América Latina, la África negra o los países árabes, aunque estuvieran unidos —cosa que más bien es al contrario— seguirían muy por detrás del mundo occidental o China, Europa sí tiene los mimbres necesarios para ser un agente importante con algo que decir. Tiene tecnología, economía, menor deterioro social que Estados Unidos, es más democrática que China, y otros factores que le darían palabra, voz y voto en el mundo que viene, pero curiosamente no quiere, no puede o no sabe.

Trump no se esconde, lleva meses diciéndolo: espabilad y pagaros la fiesta. Esperamos que no nos hiele el corazón con lo de Groenlandia. Nos queda ir de humillación en humillación hasta la derrota final o despertar, por las buenas o por las malas, pero despertar.

Víctor Puch. Sal en la herida