No son ya días cualesquiera. Se ha instalado una nueva perspectiva de la vida: una dinámica de combate. Cada mañana nos agolpamos en torno al comandante de la nave para saber cuántas millas hemos «hecho», cuál es el número de incidencias, de heridos y de bajas. Y ya importan casi menos los caídos, que su número. Nos apremia más la cantidad que la cali-dad de los caídos. El «coronavirus» nos ha igualado por la cantidad, con un criterio dudosamente democrático: un hombre, un voto; un afectado, un cadáver. No importa con qué materiales se ha construido el criterio, ni bajo qué premisas se han elaborado los datos que han inspirado el modelo. El hecho es que, aunque apuntando un descenso, en el conjunto de España, han fallecido 6.180, con 757 en Aragón, salvo errores favorecidos por un inadvertido baile de cifras, el mal uso intencionado de Internet, y los «fake-news» auspiciados por individuos que nunca serán nada, que nunca han sido nada, y cuya máxima aspiración consiste en creer que, durante una horas, unos días o unos meses, tuvieron confundido a un puñado de convecinos para perturbar su información y alterar, solo interinamente, unos datos que tal vez les hubiesen sido de utilidad.
Frente a la grandeza de la mayaría, la abnegación de los voluntarios y el heroísmo de los cooperantes, hay una población de bajísimo perfil que pretende ser alguien y para hacerse notar intenta destruír. Que el cielo los olvide.
Sin embargo, hay razones más poderosas para activar la vigilia sin recurrir a los estímulos artificiales. Y no se sabe por qué, e interrumpiendo la cadencia natural de los hechos, hoy, Jueves Santo de 2020, se han disparado los datos nefastos. Y tras unos días de razonable –y esperada-- mejoría, «la buena suerte la espalda le ha voltiado» y han subido inesperada-mente las cifras negativas. Pero «la Naturaleza --como el corazón-- tiene razones que la razón desconoce», como decía Blas Pascal. (Solo Dios sabe qué día hará mañana, pero lo previsible es que sea «normal»)
Así es que todos esperamos, con el ánimo en suspenso, que el nuevo día nos agracie con una jornada más benigna, menos rigurosa y más amable, para poder confiar nuevamente en la primavera naciente, con la esperanza de que el rigor del sol no nos agoste como amenaza el tiempo, más que lo suficiente para conjurar el calor devastador y cerril, tan dañino según los expertos como el ártico frío pre-polar, pues, según se ve, el inme-diato futuro no es afín a las medias tintas. «De nada demasiado», razona la cautelosa «áurea mediócritas». Por lo visto «in medium consistit Virtus» y no hay más allá. Porque es lo más vulgar, lo más rancio y lo más previsible, que es también lo más seguro. Y la normalidad no apuesta nunca por el sobresalto sino por la estadística de lo aburrido. «La vara de la Justicia/ la ostenta quien la merece (le decía a su padre mi tatarabuelo) / la porta el Siñor alcalde / que paice la Puta e Berge».
Darío Vidal

