Ganar sí, gobernar no. Esa es la cuestión. Pues es más noble congelar los alquileres y haber perdido que no haberlo intentado en absoluto.
Esto debe ser lo que recita nuestro presidente ante el espejo día tras día, sabedor de que su última apuesta es un todo o nada que puede alargar la agonía o suponer un cambio de ciclo.
Con el drama humano de Ceuta ya debajo de la alfombra, el tablero político ha sido sacudido por un tema que apunta directo a las condiciones de vida del conjunto de los españoles: la vivienda. El mismo Gobierno que lleva 8 años queriendo atajar el problema no lleva ni 8 intentos serios de evitar la escalada de precios vivida en los últimos años, buscando en la diputación permanente una solución totalmente espuria y cortoplacista, valga la ironía.
Lo cual ni siquiera es motivo de vergüenza para el PSOE, que siempre ha sabido que gobierna para una masa de votantes envejecida y pequeñopropietaria, sino para su izquierda, cuya inferioridad numérica y discursiva les ha impedido imponerse en el único tema que les quita el sueño a su inquilinato de base. Izquierda de nobles valores cuya mayor vergüenza no es ni siquiera su inutilidad en el gobierno sino su bochornoso «juego de sillones» protagonizado estas semanas.
El soldado Rufián permanece en la trinchera patria, sabedor de que es botifler para los que con él acampan. Montero saca pecho de su nueva defenestración mientras su marido empieza una nueva colecta temiendo que el chollo se acabe.
Un consenso demoscópico sobrevuela el televisor. Los de la motosierra y el «Morocarmen» se disparan al 20% y Feijóo puede estrenar una presidencia con números como para cambiar la Constitución.
Sin embargo, la hipótesis que esgrime Redondo también es convincente: el que mucho crece es porque otro baja. De los 137 diputados del PP alguno puede irse a casa. La mayoría de derechas no da para tocar la Carta Magna, como mucho para pactar con Canarias. Si Sánchez fagocita a su izquierda de la remontada al empate sólo necesita que la derecha la cague con las pensiones.
El casi nuevo presidente quiere ganar el tema de la vivienda con antiokupación y construcción en masa. Pero cuidado, señores populares, cuando las barbas de tu enemigo veas cortar. El crecimiento del pastel no lleva necesariamente a un mejor reparto y la juventud conjurada en Sol y otras plazas tiene cada vez más claro que Maricarmen iba a volver a su piso por presión de la calle y no porque en el Retiro hayan empezado a edificar hasta en el estanque.
Esa Maricarmen, cuya vida y ahora muerte, representa el drama humano del desahucio de propios y extraños. La congoja que produce que una anciana no pudiera pasar lo que le quedaba de vida en el lugar donde se ha criado y establecido resuena en la conciencia de muchos de nosotros y nosotras como si de una ley divina se tratase. La ley de la dignidad humana por encima de las vicisitudes del texto jurídico o del beneficio empresarial.
Maricarmen sí, pero no así parecen decir ahora los que la calumniaron. Yo, en cambio, le deseo que haya encontrado la paz que se le negó en vida y que a los que seguimos aquí luchemos por nuestros derechos.
Mientras tanto, seguimos en vilo ante la confirmación o no de la hipótesis Sánchez: Gobierno del cambio o cambio de gobierno.
Tomás Celiméndiz. Graduado en Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Autónoma de Barcelona

