Las críticas constantes a la sociedad en la que vivimos y a sus dirigentes políticos nos suelen parecer justificadas. Ocurre que la sociedad (o sea, todos nosotros) y los políticos nos enfrentamos a realidades en constante cambio, y ello hace que la reacción habitual ante lo que vemos no tenga éxito. No es, pues, extraño que nosotros y especialmente los comunicadores públicos juzguemos a los dirigentes como incapaces, como poco inteligentes o, como los califican algunos, como posthumanistas.

La Revolución Industrial ha sido un proceso histórico en el que los cambios en las formas de producción generaron una transformación profunda de la organización económica y social de las sociedades occidentales.

Si queremos entender qué es el posthumanismo, lo primero que debemos hacer es ocuparnos de su postulado fundamental: la distinción entre naturaleza y cultura. El humanismo siempre ha desgajado al ser humano de cuanto le rodea. Existe la naturaleza y existe la cultura; la naturaleza está determinada, mientras el ser humano es libre; los demás animales son irracionales, pero el ser humano es racional, etc.

A través de estas oposiciones fue construyéndose el mito del Hombre, el sujeto racional cartesiano, el que kantianamente se da sus propias leyes, el ciudadano titular de derechos de la Revolución Francesa… La genealogía del Ser Humano (en la versión humanista) es brillante, y su leyenda continúa alimentando la imagen que nos hacemos de nuestra propia especie.

Nietzsche fue uno de los primeros autores en oponerse a toda esa antropología humanista. También es uno de los principales inspiradores del posthumanismo de Rosi Braidotti, que parte del mismo presupuesto: naturaleza y cultura son un continuum, y nuestro tiempo nos lo demuestra constantemente. Su proyecto intelectual es una aventura contra la tiranía de las oposiciones binarias: hombre/mujer, yo/otro, humano/no humano. Braidotti insiste en que la diferencia no es amenaza sino potencia, y que pensarla en positivo es un gesto político, ético y vital. Sus ideas trazan la cartografía de un sujeto contemporáneo que ya no se define por su mismidad sino por la mutación, la mezcla y la interdependencia.

¿Y qué efectos aparecen con el posthumanismo? En primer lugar, una afirmación clave: la identidad no es una cárcel, sino un viaje por la vida sin mapa fijo. El viajero, el nómada, no se instala, pasa, conecta, se reinventa. El posthumanismo es política viva. Resistencia contra la inacción y a favor del futuro que llega. Nos hace interdependientes. Sujetos en devenir, alianzas insospechadas entre humanos, no humanos, máquinas y territorios. Filosofía afirmativa, no apocalíptica. En política esto es revolucionario porque pone en duda todo lo adquirido, especialmente lo que llamamos derechos humanos.

El posthumanismo no ofrece certezas, sino brújulas para perderse. Sus mapas no marcan rutas fijas: señalan fugas, alianzas inesperadas y devenires posibles. En un mundo de muros, fronteras y categorías rígidas, su nomadismo se convierte en arma de resistencia y en gesto de futuro. Su pensamiento nos recuerda que atravesar diferencias no es riesgo, sino potencia, y que redefinir lo humano y la convivencia con otras especies es una tarea imprescindible para resistir tanto al supremacismo patriarcal como al de especie.

Cuando intentamos comprender y vivir con el presente y con el futuro, lo que tenemos es viejo, y por muy avanzado que nos parezca es, en realidad, el fruto de una revolución pasada. Estas revoluciones las hemos llamado revoluciones industriales. La Revolución Industrial ha sido un proceso histórico en el que los cambios en las formas de producción generaron una transformación profunda de la organización económica y social de las sociedades occidentales.

Podemos afirmar que la Tercera Revolución Industrial ha sido la última. Para las mentes más adelantadas y para los expertos en el futurismo, ya estamos viviendo una cuarta revolución y la quinta y la sexta ya están cuajando. Debemos bautizar a lo nuevo como Revolución Humana, y lo nuevo es el posthumanismo.

Antonio Germán