Durante años creímos que el mundo había aprendido algo de su propia barbarie. Que tras guerras devastadoras y abusos sistemáticos del poder existía al menos un consenso mínimo: que la fuerza bruta debía someterse a reglas para no repetir los errores del pasado. Hoy, el derecho internacional, los tratados y las normas básicas de convivencia se derrumban como un castillo de naipes —hermoso por fuera, pero hueco por dentro— ante la ley del más fuerte. Basta observar la situación geopolítica actual, con invasiones armadas, persecuciones de buques y amenazas que acaban transformándose en misiles.

La acertada reflexión del escritor y periodista Martín Caparrós en su última columna publicada en El País, titulada El puto amo —dedicada al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump—, ayuda a entender el mundo desventurado en el que vivimos, dirigido por personajes afanados en su codicia de poder y de recursos naturales, en el culto a su persona, y que ejercen la violencia y la venganza a su antojo. Mientras tanto, «los jefecillos del planeta», como los llama Caparrós, observan impotentes porque «tienen más miedo que vergüenza».

Vivimos en un mundo cada vez más inhóspito no porque falten leyes, sino porque se ha perdido el miedo a violarlas. La impunidad se ha normalizado. Ya no se ocultan las transgresiones, no se disimulan las amenazas ni se pide permiso. Se actúa y, si alguien protesta, se le recuerda quién manda a base de aviones de combate y tanques. Llevamos años asistiendo al patente fracaso de la diplomacia y, por el bien de todos, ojalá exista algún modo de rescatarla.

Mientras tanto, los ciudadanos, preocupados por el coste de la vida y el precio del alquiler, asistimos a esta deriva con una mezcla de resignación y cansancio. La geopolítica parece quedar lejos de nuestro alcance, pero mina nuestros principios y nos desengaña de un mundo que creíamos el más avanzado en derechos, convivencia y respeto. Mientras el poderoso impone su propia ley, el nuevo orden internacional basado en la fuerza bruta vuelve a vestirse de política.

Iulia Marinescu. Sin más