Un cuarto oscuro, en absoluta penumbra, donde tan solo se pueden vislumbrar un par de luces rojas en la pared. En su interior, un alma muy nerviosa y emocionada por descubrir los resultados de su trabajo sumergido en cuatro cubetas con diferentes líquidos químicos. Y, poco a poco, se hace la magia.
Y es que así es como una se siente cuando realiza su primer auto revelado fotográfico. En una era donde se crean miles y miles de imágenes sin cesar con el propósito principal (en la mayoría de los casos) de ser compartidas online al instante, que se almacenan sin ton ni son en discos duros y en la invisible e intangible nube, la fotografía analógica hace un tímido resurgimiento de sus cenizas.
¿Una moda pasajera? Puede ser. Pero para muchos es un orgullo ver como sus descendientes desempolvan sus valiosas cámaras, aquellas con las que capturaron instantes y cómo era la vida hace varias décadas y que llevaban años sin ver la luz a través de sus lentes. Y yo sé de uno que le faltó tiempo para buscar la suya cuando le dije que quería iniciarme en este mundo. ¡Qué suerte tengo!
Ahora no es raro ver a gente por zonas turísticas con este tipo de cámaras. Incluso las desechables están volviendo a venderse como churros por su escaso peso, tamaño y facilidad de uso, convirtiéndolas en el accesorio perfecto de los jóvenes de la generación Z y cuyos resultados se ven después en redes sociales. Lo que decía, en muchos casos, puro postureo.
En la fotografía analógica priman la autenticidad y la conexión emocional del arte de la imagen con los ojos de quien la mira. Sobre todo, cuando se trata de imágenes en blanco y negro. Es un medio que nos invita a sumergirnos en un proceso lento y reflexivo, donde cada disparo está cuidadosamente planeado.
No hay espacio para la inmediatez ni para la corrección instantánea, como ocurre en lo digital. Cada fotografía es una captura de la realidad que nos rodea con sus imperfecciones y matices, y que no descubriremos hasta que realicemos todo el proceso que le sigue al terminar el carrete.
Llevo apenas varias semanas conociendo a fondo los entresijos de todo este mágico proceso que, aunque no es del todo desconocido para mí, sé que va a cambiar la forma en la que miro el mundo.
Laura Alejos. Y de postre

