Días muy intensos. Emociones a flor de piel. De corazones que quieren salir de nuestros pechos con cada redoble de palillos, golpes de mazo y toque de cornetas. Y, sobre todo, en las localidades pertenecientes a la Ruta del Tambor y Bombo, mucho orgullo y sentimiento de pertenencia. Durante la semana pasada, las calles de Albalate del Arzobispo, Alcañiz, Alcorisa, Andorra, Calanda, Híjar, La Puebla de Híjar, Samper de Calanda y Urrea de Gaén no dejaron de retumbar.

Con la mirada al cielo, eso sí, porque algunas que otras nubes estuvieron celosas por el estruendo de los miles de tambores y bombos que inundaron nuestros pueblos, hasta el punto de que lloraron, y nosotros con ellas, llenos de nerviosismo por no saber si se iba a poder procesionar.

Son días donde vivimos la expresión de una herencia cultural ancestral que se transmite de generación en generación, de padres a hijos, de abuelos a nietos, e incluso a bisnietos. Ya no sólo me refiero al mero hecho de salir en las procesiones y pertenecer a una cofradía u otra (aunque en algunos casos, se pertenece a varias o a todas), sino también al traspaso de túnicas, caperuzos, terceroles, instrumentos… los cuales conservamos con cariño y cuidado año tras año.

Cada uno la vivimos de una forma u otra y, en mi caso y pese a no salir en ninguna procesión desde hace varios años, no concibo pasar la Semana Santa en otro lugar que no sea Alcañiz. Porque además de los actos religiosos en sí mismos, es tiempo de retorno a nuestras raíces y de reunión con familia y amigos.

Cada pueblo a su manera, vestidos de unos colores y con toques distintos, pero con mucho en común. Y creo que no hay nada más bonito que vernos a todos con un mismo objetivo: mostrar al resto del mundo lo que tenemos, que para nada es poco, y transmitir nuestros sentimientos cuando nosotros mismos vivimos un torbellino de emociones, en muchos casos, indescriptibles.

Y es que ya lo dicen todos mis amigos: «es la mejor semana del año». Y no puedo estar más de acuerdo.

Laura Alejos. Y de postre…