En la política contemporánea se ha normalizado una práctica inquietante: hablar sin contrastar, opinar sin matices y elevar percepciones personales a la categoría de hechos indiscutibles. Muchos responsables públicos han renunciado a la obligación básica del rigor informativo y recurren, con preocupante naturalidad, a la exageración, la media verdad o la mentira abierta para reforzar su posición o erosionar al adversario, como si las consecuencias fueran menores o inexistentes. La lógica electoral ha desplazado a la lógica del servicio público. Importa más el impacto inmediato del titular que la veracidad del mensaje.
Un dato falso puede recorrer las redes en segundos, mientras su desmentido llega tarde y sin alcance, cuando la atención ya se ha desplazado. Este desequilibrio premia el ruido, la simplificación y la irresponsabilidad, y castiga la precisión y la honestidad.
El debate político, además, se ha visto contaminado por una apelación constante a las emociones más primarias: indignación, miedo, sospecha. El lenguaje se utiliza como arma arrojadiza, no como herramienta para comprender la realidad o construir acuerdos. Muchos discursos no buscan aclarar, sino confundir; no pretenden explicar, sino movilizar desde el rechazo. Así, la opinión del dirigente se presenta como verdad absoluta, aunque responda a intuiciones interesadas o a la necesidad de ocultar errores propios.
Las consecuencias sociales son profundas. Aumenta la polarización, se deteriora la confianza en las instituciones y se debilita la capacidad ciudadana para distinguir entre hechos verificables y estrategias partidistas. Cuando la política normaliza la manipulación, la sociedad acaba asumiendo que todo vale y que la verdad es solo una cuestión de conveniencia.
Por eso resulta especialmente grave que, en plena campaña, algunos partidos recurran a la descalificación interesada contra Teruel Existe como parte de su estrategia discursiva. No se ataca solo a una sigla: se desprecia una realidad territorial, una reivindicación legítima y a miles de ciudadanos que llevan décadas esperando ser escuchados. Cuando se desacredita a quien defiende el territorio con datos y propuestas, lo que se pretende no es debatir ideas, sino silenciar problemas incómodos.
La política no puede construirse sobre el menosprecio ni sobre falsedades repetidas hasta que parezcan verdad. Teruel Existe no es un enemigo electoral, es un recordatorio incómodo de que hay lugares y personas que han sido sistemáticamente olvidados. Quien recurre al ataque fácil demuestra no tener argumentos, y quien manipula la palabra para desacreditar una causa justa degrada la democracia.
En campaña, más que nunca, la ciudadanía merece verdad, respeto y responsabilidad. Todo lo demás es ruido... y el ruido no fija población, ni construye futuro.
Por favor, por el bien de nuestro Aragón, recordemos que la política también es ética. No todo vale.
Inmaculada Moliner. Teruel Existe/ Gargallo

