Ser joven hoy en día ya no se asocia únicamente con oportunidades y libertad, sino que para muchos significa lidiar con una presión constante, que impacta tanto la salud mental como la calidad de vida. La ansiedad, la depresión y el estrés son problemas cada vez más comunes entre la juventud, consecuencia de las altas expectativas en el ámbito académico, laboral y la dificultad de acceder a una vivienda digna.
Desde temprana edad, los jóvenes estamos inmersos en un sistema educativo que exige excelencia continua. Las expectativas de tener buenas calificaciones, dominar varios idiomas y participar en múltiples actividades extracurriculares generan un ambiente de competencia feroz. La sensación de que nunca es suficiente y de que siempre se puede hacer más nos conduce a un estado de ansiedad constante. Nos enfrentamos a la idea de que el fracaso no es una opción, lo que añade una enorme carga emocional.
Este panorama no mejora al ingresar al mundo laboral. El mercado de trabajo actual es precario, con contratos temporales y bajos salarios que, en lugar de ofrecer estabilidad, aumentan la sensación de incertidumbre. Los jóvenes nos vemos obligados a aceptar trabajos mal remunerados, eso en el mejor de los casos, pues en la mayoría de las ofertas de empleo se busca «gente joven con 5 años de experiencia», algo utópico. Añadido a esto, tampoco se demanda gente cualificada en nuestro pueblos, lo que hace que muchos jóvenes tengan que irse a las grandes ciudades, encontrándose con un panorama laboral y de residencia aún más desfarrador.
La presión constante y la falta de seguridad laboral pueden llevar a la depresión. Este trastorno, que va mucho más allá de la tristeza, se ha convertido en una realidad frecuente para muchos jóvenes. La depresión afecta la motivación, la energía y la capacidad de realizar tareas cotidianas, creando un vacío que es difícil de llenar.
A todo esto, se suma la dificultad de acceder a una vivienda digna. En un mundo donde el costo de la vida sigue aumentando, los precios del alquiler se han vuelto desorbitados. Muchos jóvenes no pueden permitirse el lujo de independizarse y se ven obligados a vivir con sus padres o compartir pisos en condiciones infrahumanas. La posibilidad de adquirir una vivienda propia es casi un sueño inalcanzable.
El panorama se torna aún más desalentador si consideramos que la precariedad laboral impide comprometerse con hipotecas o alquileres caros. La falta de estabilidad económica genera un sentimiento de frustración y miedo al futuro, haciendo que nos cuestionemos si alguna vez podremos alcanzar las metas que la sociedad nos ha impuesto.
Ante este escenario, es urgente replantear las condiciones en las que vivimos. Las instituciones educativas deben ofrecer algún tipo de apoyo emocional a los estudiantes, reduciendo la presión y poniendo más énfasis en el bienestar mental. En el ámbito laboral, se necesitan empleos estables y bien remunerados, que brinden seguridad económica y permitan un desarrollo personal real. Además, el acceso a una vivienda digna no puede ser un privilegio, sino un derecho al que todos podamos acceder.
Los jóvenes necesitamos un entorno que nos permita crecer y desarrollarnos sin que la ansiedad, la depresión o el miedo al futuro sean constantes en nuestras vidas. No se trata de pedir menos esfuerzo, sino de exigir condiciones que nos permitan vivir con dignidad y sin la presión de cumplir con expectativas inalcanzables. Es hora de que se tomen medidas que pongan la salud mental y la calidad de vida en el centro de la conversación.
Daniel Sancho. Graduado en Ciencia Política y Administración Pública
La presión a los jóvenes
Ser joven hoy en día ya no se asocia únicamente con oportunidades y libertad, sino que para muchos significa lidiar con una presión constante, que impacta tanto la salud mental como la calidad de vida


Tiene usted razón en lo que dice, aunque la presión no es solamente a los jóvenes. Las personas de más de cincuenta años se consideran viejas para trabajar y los trabajos que se les ofrecen son con salarios de miseria. A personas mayores que viven en pisos de alquiler, se las desahucia para montar pisos turísticos a precios astronómicos. El problemas no es la edad sino el modelo de sociedad en el que prima el beneficio económico de unos pocos a toda costa, caiga quien caiga.
Buena reflexión, pero de momento, va por muy mal camino.
Este mes pasado, salió una noticia demoledora, la población española, había aumentado entre 2021 a 2023 en 3 millones de habitantes. Pero lo realmente triste, es que 1 millón de españoles, dejaron el pais. Estos emigrantes, son gente joven y universitaria, bien formados y que debería ser el motor del futuro en nuestro pais.
Mientras nuestros gobernantes, no sean capaces de ofrecer algo mejor a nuestros jóvenes, estamos avocados al fracaso. Se tiene que poner a trabajar pronto y rápido, no hay mucho tiempo. O seguiremos por el mismo camino uqe hasta ahora, ser un pais de servicios.
La presión siempre existió y existirá. Hace 50-60 años, los jóvenes de entonces también tuvieron que hacer sus sacrificios para comprarse una casa o lo que suponía emanciparse, algún fin de semana en casica y viajes vacacionales, uno al año si se podía, eran otros tiempos. En estos tiempos, pues lógicamente se quejan de lo de hoy, todo tienen que salir como cada cual desee, pero la realidad es como siempre, hay que espabilar y mucho para salir adelante, eso si, en un mundo mas competitivo. Hablan de los jóvenes que se tienen que ir de España porque aquí no hay trabajo que ponga en valor su valía, pero no crean que en los años 60-70, era menos duro marchar a Zaragoza, Barcelona, etc. Pregunten en que condiciones llegaban a esos lugares los que tenían que dejar su pueblo y como eran los primeros tiempos. Alguien ha oído hablar de la posada de la cuerda, o de habitaciones compartidas, divididas por una manta para tener algo de intimidad. No son cuentos del abuelo Cebolleta, son las realidades, con sus diferentes matices que conlleva el salir a volar. Y a propósito, creo que ningún tiempo pasado fue mejor. Eso si, cada cual cuenta la feria según le va.
Me ha gustado tu artículo, Daniel. Hay que ir creando conciencia de esa precariedad que poco a poco se va instalando en los trabajos.
Otra forma de presión, que yo detesto, es clasificar a los jóvenes. Que si la generación de cristal que si la generación de no se que. Que se vayan a tomar viento. Cada generación tiene sus retos, y solo ellos pueden salvarse a ellos mismos de los problemas que viven.
Os toca, mucha fuerza.